El faro de Alnes se alza en Alnestangen, la punta noroeste de la isla de Godøya, en el municipio de Giske, a unos 27 kilómetros de Ålesund y con el mar abierto delante sin ninguna tierra que lo resguarde hasta el horizonte. Debajo se extiende Alnes, que durante mucho tiempo fue el mayor pueblo pesquero —el mayor fiskevær— de todo Sunnmøre. Se llega por una cadena de túneles submarinos; el último, el Godøytunnelen, inaugurado en 1989, mide 3.844 metros y baja hasta 153 metros por debajo del nivel del mar.
La torre que hoy se sube no es la que suele citarse. Muchas fuentes turísticas hablan del 'faro de 1876', pero ese año es el del nombramiento del primer torrero fijo, cuando la luz pasó a funcionamiento continuo; la torre actual —la cuarta que se ha alzado sobre esta punta— se construyó en 1937: unos 22,5 metros de madera sobre un armazón portante de hierro angular, pintados a franjas rojas y blancas para recortarse contra el cielo gris o la nieve. Su característica es Oc(2) 8s, con un alcance de unas 16 millas náuticas para la luz blanca.
Qué ver
- La torre de 1937 — 22,5 metros de madera sobre esqueleto de hierro angular, a franjas rojas y blancas
- Oc(2) 8s — Luz de ocultaciones con unas 16 millas náuticas de alcance para la luz blanca
- La casa del farero — Centro cultural desde 1993, con cafetería, galería de arte y exposición sobre faros
- Cuadros de Ørnulf Opdahl — El paisajista de esta luz, afincado en Godøya desde 1971, donó la exposición del interior de la torre
- El Godøytunnelen — 3.844 metros y 153 metros bajo el mar para llegar a la isla desde Ålesund
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Para llegar al faro de Alnes hay que pasar por debajo del mar. Godøya se enlaza con Ålesund mediante una cadena de túneles submarinos, y el último de ellos, el Godøytunnelen inaugurado en 1989, recorre 3.844 metros y desciende hasta 153 metros bajo la superficie antes de devolver al visitante a la luz. Al final de la isla, en la punta noroeste, se abre Alnes: un puñado de casas bajas pegadas a la roca, un puerto pequeño y, plantado sobre todo, un torreón de madera a franjas rojas y blancas.
La historia secreta del faro de Alnes empieza con algo mucho más humilde que esa torre: cuatro velas metidas en una linterna hacia 1852-1853, un fanal privado para que los botes encontraran la bocana. Entender qué ver en el faro de Alnes es seguir ese recorrido de la fragilidad a la permanencia, del pueblo al torreón y de la linterna al café de la casa del farero, que es el itinerario de cuatro paradas que acompaña la audioguía de EarGuide.
El mayor pueblo pesquero de Sunnmøre
Alnes
La primera parada se toma abajo, en el puerto de Alnes, antes de mirar hacia la torre. Lo que el visitante encuentra es un caserío tranquilo en la punta noroeste de Godøya, en el municipio de Giske, a unos 27 kilómetros de Ålesund; lo que costaría adivinar es que este rincón fue durante mucho tiempo el mayor pueblo pesquero de todo Sunnmøre, la región costera al suroeste de la ciudad.
Aquí se vivía de lo que había justo enfrente, y enfrente no hay un fiordo protegido ni una bahía mansa: hay Atlántico abierto, sin nada que lo pare hasta el horizonte. De ese mar salía el sustento y con él el peligro, y un pueblo colgado en la última punta de tierra necesitaba, por encima de casi todo, una señal que dijera a los barcos dónde estaba la casa.
El propio acceso moderno cuenta otra historia: la de una comunidad insular que dejó de depender del barco cuando el Godøytunnelen, con sus 3.844 metros y sus 153 metros de profundidad máxima, la conectó por carretera en 1989. Cómo cambia un pueblo pesquero cuando se puede llegar a él en coche por debajo del agua es una de las cuestiones que la narración plantea antes de subir hacia la base de la torre.
La luz que se apagó y volvió
Alnes fyr
La segunda parada se sitúa al pie del torreón de madera. La torre parece maciza, pero por dentro es un esqueleto de hierro angular vestido de tablas, pintado a franjas rojas y blancas para destacar contra el cielo gris o la nieve; se alza unos 22,5 metros y para asomarse a lo alto hay que ganárselo por una escalera estrecha y empinada. Es la cuarta luz que se ha levantado sobre Alnestangen y se construyó en 1937, dato que conviene retener porque desmiente el lugar común.
Numerosas fuentes turísticas hablan del “faro de 1876” como si la torre visible fuese de ese año. Las fuentes noruegas documentan otra cosa: 1876 es el año en que se nombró un torrero fijo y la luz pasó a funcionamiento continuo, no el de la torre que hoy se sube. Antes de eso, la luz de Alnes había empezado hacia 1852-1853 como un fanal privado de apenas cuatro velas metidas en una pequeña linterna para ayudar a los botes a encontrar la bocana del puerto.
Aquel arranque fue frágil y accidentado. Las crónicas del lugar recogen que hubo años, hacia la década de 1860, en que la luz sencillamente se apagó: sin fondos y con las autoridades poco convencidas de su importancia, la punta volvió a quedarse a oscuras. Solo cuando quedó claro cuántos barcos dependían de esta esquina de la isla se consiguió el torrero fijo de 1876. Más tarde llegaría la modernización: en 1928 la vieja luz de gas y parafina fue sustituida por una lámpara eléctrica de la red municipal, y hoy la característica es Oc(2) 8s con unas 16 millas náuticas de alcance. Que la seguridad de todo un pueblo dependiera durante un tiempo de una discusión de presupuesto es de esas cosas que se escuchan distinto estando al pie de la torre.
El mar que da y que quita
Alnestangen
La tercera parada llega arriba, en la galería del faro, después de la escalera. Desde aquí el horizonte se abre en redondo y la posición del lugar se entiende de golpe: al noroeste, el Atlántico sin ninguna tierra que interrumpa el agua; al otro lado, las cumbres dentadas de Godøya y las islas vecinas. El faro se levantó exactamente para esto, para guiar de forma segura a la flota pesquera de vuelta al puerto de Alnes desde una punta expuesta sin resguardo alguno.
Visto desde la linterna, el pacto que esta costa mantiene con el mar queda a la vista. El mismo océano que daba de comer se llevaba barcos, y la diferencia entre volver y no volver podía reducirse a si esa luz estaba encendida. Durante más de un siglo, alguien tuvo que vivir aquí arriba para garantizarlo.
Eso terminó en 1982, cuando el faro fue automatizado y se marchó el último farero; desde entonces la torre es propiedad del municipio de Giske. El vacío que deja una casa de farero sin farero —y lo que se pierde cuando una luz deja de necesitar a nadie— es la nota que la audioguía deja sonando antes de bajar.
La casa que volvió a encenderse
Alnes fyrkafé
La última parada baja al edificio blanco de madera al pie de la torre, la antigua vivienda del torrero. Tras una amplia restauración, el conjunto funciona desde 1993 como centro cultural, con cafetería, sala de exposiciones de arte y una muestra sobre la historia de los faros. La casa que se vació en 1982 volvió a llenarse, aunque con otro oficio.
Dentro de la torre hay además una sorpresa que el visitante cruza mientras sube. Los cuadros colgados en la escalera son obra de Ørnulf Opdahl, uno de los grandes paisajistas noruegos, nacido en Ålesund en 1944 y afincado en esta misma isla de Godøya desde 1971. Opdahl lleva media vida pintando precisamente la luz baja y grisácea del mar de Sunnmøre —la que se tiene delante desde la galería— y donó al centro la exposición que cuelga dentro del faro: se sube mirando en un lienzo la misma luz que un instante después se ve de verdad al salir arriba.
Abajo, la cafetería se ha hecho famosa por su repostería casera y en especial por su tarta del faro, la fyrlagkake, que se ha convertido en atracción por derecho propio: hay quien cruza los túneles submarinos hasta Godøya tanto por la vista desde la torre como por sentarse a comer un trozo frente al mar. Un faro que nació para que la gente no muriera en el Atlántico y que hoy atrae visitantes por una tarta resume, sin ninguna solemnidad, el giro completo del lugar —y es exactamente donde la narración de EarGuide cierra el recorrido, con la torre encendida a la espalda.