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Casco antiguo
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Conjunto Histórico

Casco antiguo

Un laberinto encalado apretado sobre una roca que el mar estuvo a punto de dejar convertida en isla, con una grieta por la que el Mediterráneo respira bajo las casas. Esto es lo que hay que ver en el casco antiguo de Peñíscola.

10 min de audioPueblo Amurallado

El casco antiguo de Peñíscola se levanta sobre un tómbolo: una península rocosa unida a tierra firme solo por un istmo de arena que los temporales llegaban a cubrir, dejando el peñón aislado. De ahí viene su nombre, del griego «Quersónesos» traducido al latín como «paene insula», casi isla. Dentro de sus murallas caben unas cinco hectáreas de calles en cuesta, fachadas de cal deslumbrante y un puñado de edificios que resumen ocho siglos de historia. Está declarado Bien de Interés Cultural, en la categoría de Conjunto Histórico, desde el 26 de octubre de 1972.

Lo que hace distinto a este laberinto no es su postal sino su acústica. Bajo el caserío, una grieta natural de unos siete metros abierta por la erosión marina conecta las calles con el agua: el Bufador. En días de temporal el mar embiste por la boca inferior y el aire comprimido sale bufando por la abertura superior, en plena calle. Un pueblo que se oye por dentro y que, además, tiene manantiales de agua dulce dentro de la roca.

Qué ver

  • Portal Fosc — Bóveda en ángulo de 90 grados que deja el paso a ciegas unos metros
  • Calle Mayor — La cuesta empedrada por la que bajan Tyrion y Varys en 'Juego de Tronos'
  • Iglesia de Santa María — Gótico inicial, ampliación barroca de 1725-1739 y campanario de 1862
  • Casa de les Petxines — Fachada íntegramente revestida de conchas, terminada en 1961
  • El Bufador — La grieta de siete metros por la que brama el mar bajo las calles

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Los geógrafos árabes la llamaron Banáskula y la describieron como una fortaleza costera con salinas. En 1233, tras varios intentos cristianos fallidos, sus habitantes musulmanes negociaron la rendición directamente con Jaime I, que respetó sus leyes y costumbres: una entrega pactada, sin asalto, poco frecuente en la conquista del reino de Valencia. El 28 de enero de 1251 el mismo rey otorgó a Peñíscola su carta de población a fuero de Valencia, y con ella la villa que hoy se recorre empezó a existir de verdad. Un siglo y medio más tarde, el 21 de julio de 1411, llegó el Papa Luna y el pueblo pasó a ser, durante dieciocho años, capital de una obediencia pontificia.

La historia secreta del casco antiguo de Peñíscola no está en un edificio concreto sino en la superposición: la plaza mora entregada por pacto, la villa foral, el refugio del último papa del Cisma, el pueblo marinero y el plató de cine conviven en las mismas calles sin señalizar dónde termina una capa y empieza la siguiente. Para entender qué ver en el casco antiguo de Peñíscola hay que subir despacio, porque la arquitectura aquí es pendiente, cal y sombra corta; la audioguía de EarGuide recorre ese ascenso parada a parada.

La puerta en codo que deja a ciegas

Portal Fosc

El recorrido arranca fuera, en la explanada ante la puerta de sillería de la muralla renacentista, mirando la boca oscura del paso. El Portal Fosc no es un arco sino un corredor: su bóveda interior gira en ángulo de noventa grados y da acceso a un cuerpo de guardia, de modo que quien entra pierde la vista durante unos metros antes de salir al blanco de la primera calle. El truco es militar —un atacante que cruce queda desorientado y expuesto—, pero el efecto sobre el visitante de hoy es puramente sensorial.

El frente de tierra en el que se abre se levantó en el siglo XVI bajo Felipe II, con proyecto del ingeniero Juan Bautista Antonelli. Conviene saber que la atribución del portal a Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial, circula mucho pero no está documentada de forma concluyente: la sugieren algunos autores por el aire clasicista de la piedra, mientras otras fuentes se limitan a encuadrarlo en la intervención renacentista ligada a Antonelli.

Al salir de la penumbra, el suelo empieza a subir y ya no deja de hacerlo. Ese es el primer dato real del lugar: se entra en una fortaleza que en el fondo es casi una isla, y la pendiente lo recuerda a cada paso. Qué significaba exactamente vivir dentro de un recinto declarado Conjunto Histórico en 1972 y habitado sin interrupción desde el siglo XIII es lo que la narración empieza a desplegar aquí.

La cuesta que fue Valencia y Meereen

Calle Mayor

A media subida de la calle Mayor, la rampa empedrada se empina entre fachadas encaladas y el resplandor de la cal a mediodía obliga a entornar los ojos. Es una calle de vecinos, con la ropa tendida y las macetas en su sitio, y es a la vez uno de los escenarios de cine más reconocibles de la costa mediterránea española.

La secuencia empieza en 1956, cuando Luis García Berlanga rodó aquí ‘Calabuch’, coproducción hispano-italiana sobre un científico de cohetes que se esconde en un pueblo costero en paz; la protagonizó Edmund Gwenn en su último papel y ganó el premio OCIC en el Festival de Venecia. Sigue en 1961 con ‘El Cid’ de Anthony Mann: Peñíscola hizo de la Valencia del siglo XI porque la ciudad real estaba ya demasiado modernizada, y durante tres meses cientos de operarios levantaron murallas de decorado para tapar los edificios modernos. El rodaje se extendió de noviembre de 1960 a abril de 1961 y la batalla de Valencia se filmó en sus playas con 1.700 soldados de infantería cedidos por el ejército español, 500 jinetes y 35 barcas decoradas con almenas haciendo de flota mora.

El último capítulo es de 2015. Entre finales de septiembre y principios de octubre, ‘Juego de Tronos’ convirtió el casco antiguo en la ciudad de Meereen para su sexta temporada: unas quinientas personas de equipo y unos trescientos extras, elegidos entre mil doscientos preseleccionados, rodaron en esta misma cuesta, en el Portal Fosc, en la plaza de Santa María y en el Parque de Artillería. El pueblo incorporó esa memoria a su callejero de una manera que sorprende a casi todo el mundo, y la audioguía la cuenta justo donde ocurrió.

Santa María, la parroquia de dos papas

Plaça de Santa Maria

La calle Mayor desemboca en la plaza de Santa María, el punto alto y social del recinto, con la portada de la iglesia enfrente y el campanario cuadrado asomando sobre los tejados. La parroquia se inició tras la conquista en gótico inicial, entre los siglos XIII y XV, y su historia posterior se lee en las costuras del edificio.

A mediados del siglo XV ardió, y el papa Eugenio IV concedió indulgencia plena a quienes donaran para reconstruirla. Entre 1725 y 1739 fue ampliada y transformada en barroco; el campanario que hoy se ve es de 1862. Su tesoro parroquial conserva piezas vinculadas a Benedicto XIII y a Clemente VIII, los dos pontífices que gobernaron desde este peñón hasta que la renuncia del segundo, en 1429, puso fin al Cisma de Occidente.

Pocas iglesias de pueblo concentran una biografía así: la fortaleza musulmana entregada por pacto en 1233, la villa fundada por carta real en 1251 y el refugio de un papa que no quiso renunciar. Cómo encajan esas tres historias en un solo edificio, y qué se conserva realmente de cada etapa, es el hilo que la narración sigue en la plaza.

Las conchas que se pagaron con tabaco

Casa de les Petxines

Bajando por las callejuelas hacia la cara del mar aparece la fachada más fotografiada del pueblo: la Casa de les Petxines, la Casa de las Conchas, terminada en 1961 y revestida por completo de conchas autóctonas. Entre ellas se abren ventanas de arco apuntado de aire árabe y se distingue el escudo del Papa Luna. Sigue siendo una vivienda privada, así que solo se contempla desde la calle.

Detrás hay una historia de posguerra con nombres propios. La levantó un matrimonio de Peñíscola, Timoteo Pau y Justa Mir Soria, que pasaba penurias con sus tres hijos, Agustín, Gloria y Joaquín. Justa empezó a ofrecerse a los primeros turistas como guía improvisada a cambio de la voluntad y se convirtió así en la primera guía turística del pueblo. Para revestir la fachada ideó un trueque: conseguía tabaco y se lo cambiaba a los pescadores por conchas de la zona, mientras Timoteo las recogía en la playa después de los temporales.

El desenlace es coherente con el principio: Justa acabó abriendo la primera tienda de recuerdos de Peñíscola, justo enfrente de su casa. La postal más repetida del casco antiguo no la pagó ningún noble ni ningún papa, sino cajetillas cambiadas concha a concha por una familia que salió adelante inventando el turismo de su propio pueblo. Los detalles de ese trueque son de lo más celebrado de la audioguía.

El agujero por donde respira el mar

El Bufador

El recorrido termina en la calle Bajada del Bufador, cerca del Portal de Sant Pere —la puerta que el Papa Luna mandó abrir en el siglo XV hacia la cara del mar, una de las tres únicas entradas del recinto—, donde un rumor sordo crece a medida que se desciende. La fuente del sonido es una grieta natural de unos siete metros abierta por la erosión marina bajo el caserío, encajada entre las casas.

Su funcionamiento es simple y espectacular: en días de temporal el agua embiste por la boca inferior, inundada por el mar, y el aire comprimido sale bufando y salpicando por la abertura superior, en plena calle. De ahí el nombre, «bufador», el que resopla. Las crónicas locales cuentan además que ese bramido tuvo en otros tiempos un uso defensivo: el rugido del mar saliendo de la roca, oído desde fuera de las murallas, amedrentaba a quienes pensaban asaltar la villa, como si el propio peñón gruñera a los atacantes.

Queda un último dato que explica por qué se habita esta roca. Intramuros, junto a la ermita de Santa Ana, mana la Font de Dins, un manantial de agua dulce que ha abastecido a la población desde tiempos inmemoriales y que canaliza el agua por un conducto abovedado hasta la Font de la Petxina y el lavadero al pie del baluarte de Santa María; en el peñón se han documentado hasta doce surgencias. Mar por todas partes y agua dulce dentro: esa es la ecuación que la narración cierra frente al Bufador.

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