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Santuario de la Virgen de la Ermitana
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Barroco Valenciano

Santuario de la Virgen de la Ermitana

Una iglesia barroca soldada al castillo del Papa Luna, con cañones y tambores de guerra tallados en la portada en vez de santos. Esto es lo que hay que ver en el Santuario de la Virgen de la Ermitana de Peñíscola.

6 min de audioPatrona de Peñíscola

El Santuario de la Virgen de la Ermitana se edificó entre 1708 y 1714 en estilo barroco valenciano, adosado directamente al castillo, en lo alto del peñón de Peñíscola. No es una capilla exenta: sus rasgos defensivos la integran en el conjunto fortificado, y el muro del castillo templario y papal le sirve literalmente de apoyo. Lo mandó construir Sancho de Echevarría, gobernador militar de la plaza, como recompensa a la fidelidad de la población a la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión española.

El detalle que lo delata está a ras de calle. Contra la costumbre de decorar las portadas religiosas con motivos sagrados, en los sillares a ambos lados de la puerta principal hay tallados cañones y tambores de guerra, y sobre la cornisa mixtilínea con pináculos que remata la fachada campea el escudo de Felipe V. Pocas iglesias españolas exhiben con tanta franqueza que son, en realidad, un premio de guerra en piedra.

Qué ver

  • Cañones y tambores tallados — Motivos militares en los sillares de la portada principal
  • Escudo de Felipe V — Enmarcado por la cornisa mixtilínea con pináculos de la fachada
  • Campanario de Echevarría — Torre cuadrada de dos cuerpos con el escudo del gobernador
  • Camarín de la patrona — La Mare de Déu de l'Ermitana, copia de 1953 de la talla quemada
  • Explanada de les danses — Escenario de las fiestas de septiembre, documentadas desde 1664

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En lo más alto del peñón de Peñíscola, justo antes de la entrada al castillo, hay un edificio que rompe todas las expectativas de lo que debería ser una ermita. El Santuario de la Virgen de la Ermitana —Santuari de la Mare de Déu de l’Ermitana— se construyó entre 1708 y 1714, recién terminada la Guerra de Sucesión, y su arquitectura no disimula de dónde viene: fachada con escudo real, campanario con el blasón de un gobernador militar y una portada decorada con artillería. Es barroco valenciano, sí, pero barroco de guarnición.

La historia secreta del Santuario de la Virgen de la Ermitana encadena tres pérdidas y tres recuperaciones: una capilla anterior que desapareció bajo esta, una imagen con leyenda apostólica que estuvo escondida siglos en una cueva, y una talla quemada en el siglo XX que el pueblo repuso por su cuenta. Para entender qué ver en el Santuario de la Virgen de la Ermitana conviene mirar primero la piedra de fuera y después la penumbra de dentro; la audioguía de EarGuide acompaña ese contraste parada a parada.

La explanada donde baila Peñíscola

Ermita de la Virgen de la Ermitana

La primera parada se sitúa en la explanada alta junto al acceso al castillo, a unos pasos de la fachada, con el viento marino constante y el rumor del mar llegando desde ambos lados del peñón. Es una plaza que funciona a la vez como patio de fortaleza y como atrio: la iglesia no está separada del castillo por ningún espacio, se apoya en él, y sus características claramente defensivas la convierten en una pieza más del conjunto fortificado.

Vacía, la explanada parece pequeña. Cada septiembre deja de serlo. La festividad de la Virgen de la Ermitana se celebra el 8 de septiembre y las fiestas patronales en su honor, documentadas desde 1664, arrancan el día 7 y están declaradas Fiesta de Interés Turístico Nacional. Durante esos días la plaza se convierte en escenario de les danses: moros y cristianos, llauradores y cavallets bailando al son de dolçaina i tabalet, con la dolçaina sonando agudo y el golpe seco del tabalet rebotando entre las murallas.

No se trata de una recreación turística. Son coreografías de origen medieval transmitidas oralmente de generación en generación, que la Generalitat Valenciana declaró Bien de Interés Cultural inmaterial tras un expediente iniciado en 2021, y que simbolizan la lucha entre el Bien y el Mal. Cómo se reparte el pueblo los papeles, y con qué remate espectacular se cierra el ciclo festivo, es una de las cosas que la narración cuenta sobre esta misma piedra.

Cañones tallados en una portada sagrada

Portada de la Ermita de la Ermitana

A pocos metros, frente a la puerta principal, aparece la rareza que justifica el viaje. En los sillares a ambos lados del acceso no hay santos, ni ángeles, ni motivos vegetales: hay cañones y tambores de guerra labrados en la piedra. Es una decisión iconográfica insólita en un templo católico y delata sin rodeos el origen castrense del edificio.

La fachada se remata con una cornisa mixtilínea con pináculos que enmarca el escudo de Felipe V, el monarca borbónico vencedor de la Guerra de Sucesión, que quiso dejar su impronta en el templo. A la izquierda, el campanario —torre de planta cuadrada y dos cuerpos— luce el escudo de armas de Sancho de Echevarría y una inscripción que recuerda que fue él quien mandó construir la ermita. Gobernador abajo, rey arriba: la jerarquía completa esculpida en la fachada de una iglesia de pueblo.

Leída así, la portada deja de ser decorativa y pasa a ser un documento. Un gobernador militar agradece a una población su lealtad durante un asedio, y lo hace levantándole una iglesia que exhibe los instrumentos de aquella guerra. Qué se estaba comprando exactamente con ese regalo, y qué recibió Peñíscola a cambio de su fidelidad, se detalla ante los relieves.

La capilla vieja que late debajo

Cruzada la puerta, la vista tarda unos segundos en acostumbrarse: se pasa de la luz cegadora de la explanada a una penumbra fresca y recogida, con olor a cera y piedra fría y un eco muy corto, de templo pequeño. La planta es de cruz latina con una sola nave y dos capillas a cada lado, coro alto a los pies, cúpula sobre el crucero y bóvedas de cañón con lunetos cubriendo nave, crucero y presbiterio.

Este interior del siglo XVIII no partió de cero. Se levantó en el lugar de una pequeña capilla anterior junto a la fortaleza, a la que sustituyó y que era la que daba carácter religioso al castillo. Esa capilla primitiva ya no se ve, pero condiciona el sitio: el santuario ocupa un punto que llevaba siglos siendo el espacio sagrado del peñón.

Hay aquí, además, una tradición que conviene manejar con pinzas. Diversas fuentes divulgativas afirman que este lugar acogió durante un tiempo los restos del Papa Luna. Lo comprobado es que Benedicto XIII murió en el castillo contiguo en 1423 y que su cuerpo permaneció sepultado en Peñíscola hasta su traslado al palacio familiar de Illueca hacia 1430; la iglesia actual es muy posterior, de modo que la tradición solo podría referirse a la capilla desaparecida, y la historiografía sitúa aquel primer enterramiento en el ámbito del palacio-castillo sin precisar en qué capilla. No hay tumba que señalar, y esa ausencia es precisamente el relato que la audioguía desarrolla en el centro de la nave.

La imagen dos veces perdida

Camarín de la Virgen de la Ermitana

El recorrido termina ante el presbiterio, mirando al camarín elevado tras el altar donde se venera la imagen de la Mare de Déu de l’Ermitana, patrona de Peñíscola. Es el punto más recogido del edificio y el que concentra toda su carga emocional.

Según la tradición local, la imagen la trajo a la península el propio apóstol Santiago. Con la llegada de los musulmanes la talla fue escondida en una cueva —la tradición la sitúa en el Barrio del Olivo— y permaneció oculta durante siglos, hasta que se recuperó tras la conquista cristiana y volvió al culto en lo alto del peñón. Es una leyenda, con todo lo que eso implica, pero explica por qué la patrona es aquí algo más que una advocación.

El segundo acto es del siglo XX y no tiene nada de legendario: la talla anterior fue quemada durante la Guerra Civil. En 1953, por voluntad popular, se repuso con una copia de la original, y es esa imagen la que ocupa hoy el camarín. Una figura escondida en una cueva durante siglos y perdida de nuevo seiscientos años después, devuelta al altar por el empeño de sus vecinos: el círculo que la narración cierra frente al camarín tiene bastante más filo del que sugiere la calma del lugar.

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