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Puerto pesquero
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Puerto de Trabajo

Puerto pesquero

Peñíscola tardó once años en construir su puerto, y lo hizo después de la noche en que el mar se llevó a 34 de sus marineros. Esto es lo que hay que ver en el puerto pesquero de Peñíscola.

7 min de audioCultura Marinera

El puerto pesquero de Peñíscola se extiende a los pies del peñón, con el castillo del Papa Luna y el caserío blanco como telón de fondo permanente. Su primera piedra se colocó en 1922, y ese mismo año Joan Feliu fundó el Pòsit de Peñíscola, la organización de los pescadores locales cuya heredera, la Cofradía de Pescadores San Pedro, tiene hoy la concesión administrativa de la lonja. En 2010 la flota con base aquí sumaba 30 barcos de arrastre y 19 de artes menores.

Antes de 1922 no había nada de esto. Las barcas de vela se abrigaban en calas naturales como la raconada de la Porteta, al pie de las murallas, y del castillo bajaba una escalera parcialmente labrada en la roca que servía de embarcadero de urgencia. En la noche del 31 de enero al 1 de febrero de 1911, el temporal de la Candelera mató a unos 140 pescadores entre Barcelona y el golfo de Valencia; Peñíscola fue la localidad más castigada de toda la costa, con 34 marineros muertos. El puerto es la respuesta a aquella noche.

Qué ver

  • Monumento a los marineros — La piedra con nombres junto al acceso al recinto portuario
  • Muelle de arrastre — Pesqueros de casco alto con redes y puertas de arrastre a la vista
  • Lonja del puerto — Subasta a la baja cada tarde laborable a partir de las 16:00
  • Langostino de Peñíscola — La captura que sostiene la cocina local y el suquet de peix
  • Dique de abrigo — Vista de la bocana y del flanco marino del peñón con el castillo arriba

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Hay dos Peñíscolas que se miran a diario sin mezclarse: la de arriba, con su castillo de postal y sus calles encaladas, y la de abajo, que huele a salitre, a red húmeda y a gasoil, y que trabaja con horario de flota. El puerto pesquero de Peñíscola pertenece a la segunda. Su primera piedra es de 1922 y el municipio celebró su centenario el 6 de septiembre de 2022 con un homenaje a los pescadores fallecidos, una exposición de fotografías inéditas en la Casa del Agua y un monográfico de la Revista Peñíscola editado por el Centro de Iniciativas Culturales.

La historia secreta del puerto pesquero de Peñíscola empieza once años antes de su primera piedra, en una noche de invierno que este pueblo no ha olvidado. Entender qué ver en el puerto pesquero de Peñíscola es entender por qué un abrigo artificial fue durante décadas la reivindicación más urgente de la villa, y qué queda hoy de aquel oficio: flota de arrastre, fábrica de hielo, una subasta que funciona al revés y unas golondrinas que sacan al visitante al mar. La audioguía de EarGuide recorre los muelles parada a parada.

El monumento que explica el puerto

Port de Peñíscola

La primera parada está en la entrada del recinto portuario, frente al monumento a los marineros fallecidos en el mar, con los muelles abriéndose delante y el peñón a la espalda. Es una pieza discreta ante la que pasa mucha gente sin detenerse, y es a la vez el documento fundacional del lugar.

En la noche del 31 de enero al 1 de febrero de 1911, el temporal conocido como de la Candelera barrió la costa entre Barcelona y el golfo de Valencia y mató a unos ciento cuarenta pescadores y marineros. Peñíscola fue la localidad más castigada de todas: treinta y cuatro marineros muertos en una sola noche. Las barcas eran entonces de vela y no había puerto donde refugiarlas; se amarraban en calas naturales como la raconada de la Porteta, al pie de las murallas, a merced de lo que llegara del este.

La primera piedra del puerto se colocó en 1922. Ante este monumento el pueblo sigue celebrando sus actos de homenaje a los pescadores muertos, como el del centenario en 2022. La relación exacta entre aquella tragedia y la obra que la siguió, y lo que costó conseguirla, es lo que la narración desgrana en este punto antes de entrar en los muelles.

Barcas de arrastre y un plató de 1956

Port de Peñíscola

El recorrido continúa por el borde del muelle hasta la zona donde amarran los pesqueros de casco alto, con las redes y las puertas de arrastre colgadas, el golpeteo metálico de drizas contra los mástiles y los motores diésel al ralentí. En 2010 la flota con base en el puerto se componía de 30 barcos de arrastre y 19 de artes menores; ese año la Cofradía de Pescadores San Pedro modernizó sus instalaciones con una inversión de más de 220.000 euros, el 25% financiado por el Fondo Europeo de la Pesca, y su fábrica de hielo en escamas alcanza una capacidad de diez toneladas diarias.

El puerto mantiene además una doble vida: ofrece experiencias de pesca-turismo a bordo de pequeñas embarcaciones artesanales y gestiona amarres para embarcaciones de recreo de hasta ocho metros de eslora. Sigue siendo, sobre todo, un muelle de trabajo, y a media tarde las gaviotas que siguen a las barcas de arrastre cuando entran a puerto lo dejan claro sin necesidad de explicaciones.

Hay una capa más, y es de celuloide. En 1956 Luis García Berlanga rodó íntegramente en Peñíscola ‘Calabuch’, coproducción hispano-italiana estrenada el 1 de octubre de aquel año, con localizaciones como la playa sur, el entorno del Portal de Sant Pere y el faro. Los propios vecinos hicieron de extras, compartiendo plano con Edmund Gwenn —que se despedía del cine con este papel— y con actores italianos como Valentina Cortese y Franco Fabrizi. La película ganó el premio de la Oficina Católica Internacional del Cine en el festival de Venecia y retrata sin maquillaje la Peñíscola humilde de entonces. Qué se reconoce todavía de aquellos planos entre estas barcas es uno de los juegos que propone la audioguía.

La subasta que baja de precio

Llotja de Peñíscola

Unos pasos más allá, en la explanada del puerto, está la lonja, trasladada aquí a comienzos de los años dos mil; la actividad se observa desde el exterior, junto a las cristaleras, con el frescor que escapa de las cajas de hielo recién dosificado. La venta empieza regularmente a las cuatro de la tarde, primero con el trasmallo o artes menores y después con el arrastre.

El mecanismo sorprende a quien lo ve por primera vez, porque funciona al revés de lo esperado: es una subasta a la baja. Se parte de un precio alto por kilo que va descendiendo hasta que un comprador adjudica la caja con un gesto. Es la versión climatizada de un ritual mucho más antiguo, el que se hacía sobre la propia arena, con las cajas de pescado ordenadas en la playa y el patrón cantando en voz alta un precio que iba bajando hasta que un arriero se llevaba la mercancía.

Por esta lonja pasan langostinos, galeras, salmonete, rape, lenguado, rodaballo, corvina, pulpo y calamar. El langostino de Peñíscola es uno de los productos más apreciados de la cocina local, y del pescado subastado aquí nacen platos marineros como el suquet de peix, el arrossejat y la paelleta de molliconet, receta estrictamente peñiscolana. Cómo se lee una puja y por qué el silencio es parte del método se explica frente a las cristaleras.

La escalera del Papa Luna desde el agua

Port de Peñíscola

La última parada se sitúa en el dique de abrigo, cerca del amarre de las golondrinas, mirando la bocana y el flanco marino del peñón con el castillo arriba. Con la luz baja del atardecer, la roca y la fortaleza se encienden de dorado sobre el agua del puerto, y desde aquí se entiende de un vistazo cómo resolvía Peñíscola su salida al mar antes de 1922.

En ese flanco baja hacia el agua una escalera de piedra, en parte tallada en la propia roca, que sirvió de embarcadero de urgencia para el castillo. La leyenda cuenta que la esculpió el propio Benedicto XIII en una sola noche para escapar por mar de su fortaleza, y que en aquella huida perdió su anillo pontificio, caído al agua y jamás recuperado. Mirar el peñón desde el muelle sabiendo eso no es lo mismo que mirarlo desde la playa.

El puerto sigue sacando al pueblo al mar por dos vías. Cada 29 de junio, día de San Pedro, patrón de los pescadores, la Cofradía celebra una misa de marineros y una procesión que recorre la ciudadela amurallada y termina aquí, donde la imagen del patrón se embarca y las barcas de pesca la acompañan en una travesía marítima. Y todo el año zarpan las golondrinas turísticas: un paseo de unos treinta minutos para ver el castillo, el Bufador y el tómbolo desde el agua, además de excursiones al Parque Natural de la Serra d’Irta, cuya sierra alcanza los 572 metros y cae al mar en acantilados protegidos por una reserva marina. Con esa doble imagen —el embarcadero viejo y el puerto nuevo— cierra la narración.

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