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Sierra de Irta y Torre Badum
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Parque Natural

Sierra de Irta y Torre Badum

Doce kilómetros de acantilados, palmito y calas sin urbanizar al sur de Peñíscola, coronados por una torre maciza de 1554 que encendía hogueras cuando aparecían velas corsarias. Esto es lo que hay que ver en la Sierra de Irta y la Torre Badum.

7 min de audioLitoral Protegido

El Parc Natural de la Serra d'Irta y su Reserva Natural Marina fueron declarados por el Decreto 108/2002, de 16 de julio, del Gobierno valenciano, y protegen 7.743 hectáreas terrestres y 2.448 marinas repartidas entre Peñíscola, Alcalà de Xivert y Santa Magdalena de Pulpis. Dentro quedan alrededor de doce kilómetros de costa sin urbanizar, considerados uno de los últimos tramos de litoral virgen del Mediterráneo valenciano. La sierra se organiza en dos alineaciones montañosas separadas por el valle del Estopet y culmina en el pico Campanilles, de 572 metros, desde donde cae al mar en acantilados.

Su pieza construida más elocuente es la Torre Badum, atalaya de planta circular levantada en 1554 según la inscripción con el escudo del Reino de Valencia de época de Carlos I. Mide unos once metros de altura, con 5,75 de diámetro en la base y 5,25 en la parte alta, y es maciza hasta unos seis metros, sobre los que se abre una única sala circular abovedada. No tiene puerta a ras de suelo: se accedía por un vano elevado al que se subía con una escala que después se retiraba, precisamente para protegerse de los corsarios a los que vigilaba.

Qué ver

  • Torre Badum — Atalaya de 1554 sin puerta a ras de suelo, sobre un acantilado de unos 97 metros
  • Saladilla de Peñíscola — Limonium perplexum, única población mundial en 0,344 hectáreas
  • Laderas de margalló — La única palmera autóctona de la Europa continental, con coscoja y lentisco
  • Playas del Pebret y del Russo — Las dos únicas calas de arena fina del parque, sin servicios
  • Casetes de volta — Refugios de piedra en seco con bóveda de cañón, de los siglos XVII al XIX

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A seis kilómetros del casco urbano de Peñíscola, el mismo municipio que levantó un frente de hoteles frente a la Playa Norte conserva doce kilómetros de costa sin una sola construcción. No es un olvido administrativo: es el resultado de dos decisiones muy separadas en el tiempo. La primera la tomó el miedo, cuando los desembarcos berberiscos de los siglos XVI y XVII despoblaron esta orilla durante generaciones. La segunda la tomó la Generalitat Valenciana el 16 de julio de 2002, al declarar el Parc Natural de la Serra d’Irta y su reserva marina.

La historia secreta de la Sierra de Irta y la Torre Badum es la de una costa que quedó salvaje por razones muy poco románticas y que hoy se protege por razones exactamente opuestas. Para entender qué ver en la Sierra de Irta hay que caminar por pistas de tierra entre romero, lentisco y palmito, asomarse a un acantilado de casi cien metros y llegar hasta las dos únicas calas de arena del parque. La audioguía de EarGuide acompaña esa travesía parada a parada.

Donde el asfalto se rinde al palmito

Cala del Volante

El recorrido arranca junto a la Cala del Volante, en el punto exacto en que la carretera del sur de Peñíscola se convierte en pista de tierra y nace el camino del Pebret. El cambio es inmediato y casi cómico por lo brusco: en unos pasos desaparecen el bullicio, las terrazas y el asfalto, y empieza un monte mediterráneo sin domesticar, con el crujido de la grava bajo los pies y el olor cálido de la maquia al sol.

La vegetación dominante de este litoral es el palmito, el margalló —Chamaerops humilis—, la única palmera autóctona de la Europa continental, que tapiza las laderas entre acantilados junto a coscoja, lentisco y romero. Es una cubierta baja, espinosa y muy poco amable con quien pretenda salirse del camino, y es exactamente la imagen que tenía esta costa antes del turismo.

El parque protege 7.743 hectáreas terrestres y 2.448 marinas repartidas entre tres municipios —Peñíscola, Alcalà de Xivert y Santa Magdalena de Pulpis— y conserva unos doce kilómetros de litoral sin urbanizar. Por qué un tramo de costa tan accesible siguió vacío mientras el resto del Mediterráneo valenciano se construía es la pregunta que la narración plantea nada más cruzar este umbral invisible.

La torre sin puerta que encendía hogueras

Torre Badum

Unos dos kilómetros y medio de pista hacia el sur, con el mar a la izquierda, y aparece sobre el acantilado la silueta que da nombre a este tramo: la Torre Badum. Vista de cerca, lo primero que llama la atención es lo que le falta. La base de sillería es completamente ciega, maciza hasta unos seis metros de altura, y el único acceso es un vano abierto a media altura. No hay puerta a ras de suelo porque nunca la hubo: se subía con una escala que después se retiraba.

La atalaya es de planta circular, mide unos once metros de alto y por encima de su base maciza se abre una única sala circular abovedada. Se alza sobre un acantilado de unos 97 metros en el cabo de Irta y está protegida como Bien de Interés Cultural. Formaba parte de la red de torres de vigía del siglo XVI contra la piratería berberisca: en caso de alarma encendía una gran hoguera para avisar a la fortaleza de Peñíscola de ataques venidos del sur, y se comunicaba con otras torres del sistema, como la Torre Ebrí, situada tierra adentro a 499 metros de altitud.

Conviene un matiz cronológico. El año 1554 de la inscripción se interpreta unas veces como fecha de construcción y otras como rehabilitación: varias fuentes atribuyen a la torre un origen anterior, posiblemente andalusí —de ahí la etimología árabe «Almadum»—, sobre el que se habría levantado o reformado la atalaya cristiana. Lo que no admite duda es el clima que la explica: durante dos siglos, los corsarios desembarcaban en esta costa para saquear y llevarse cautivos a los que después se pedía rescate o se vendía como esclavos, y ese miedo permanente es una de las razones por las que este litoral quedó despoblado y sin cultivar. La soledad que hoy se celebra empezó siendo una cicatriz, y la audioguía lo cuenta al pie de la torre.

La flor que solo existe en este acantilado

Reserva Marina d'Irta

A unos pasos, en el borde señalizado del acantilado, un pequeño cartel marca una microrreserva vegetal. Bajo los pies hay unos 97 metros de caída y, al frente, la franja de mar protegido de la reserva marina, sin puerto ni urbanización a la vista. Las repisas de roca de ese filo esconden la rareza más valiosa del parque.

Allí crece la saladilla de Peñíscola, Limonium perplexum, una planta descrita científicamente en 1999 cuya única población silvestre del mundo se concentra en la microrreserva vegetal de Torre Badum: apenas 0,344 hectáreas y entre 75 y 383 ejemplares según el año. Está catalogada en peligro crítico de extinción. Toda la especie, en el planeta entero, cabe en unos pocos metros de acantilado castellonense.

El contraste es difícil de superar: una atalaya construida para vigilar un horizonte inmenso y, a sus pies, una especie que ocupa una superficie menor que un campo de fútbol. Cómo se descubrió tan tarde una planta tan singular, y qué hace falta para que siga existiendo, es el material que la narración desarrolla en este punto.

Las calas de arena y la sierra que vuelve a habitarse

Platja del Pebret

La pista desciende después hacia el sur, alejándose del acantilado, hasta las playas del Pebret y del Russo, contiguas y las únicas de arena fina de todo el parque: suman cerca de 280 metros de longitud y unos 5.600 metros cuadrados de superficie, sin urbanización ni servicios, accesibles solo por el camino forestal del Pebret. La del Russo tiene además tradición nudista, con un acceso deliberadamente difícil que forma parte de su atractivo.

Detrás, la sierra guarda las huellas de quienes sí la habitaron. En el secano litoral se conservan las casetes de volta, casetas de piedra en seco cubiertas con bóveda de cañón y datadas entre los siglos XVII y XIX, que servían de refugio temporal para la recogida de algarroba y aceituna y recogían el agua de lluvia del tejado en una cisterna. Más arriba, en la sierra sobre Peñíscola, está la Ermita de Sant Antoni, conjunto barroco reconstruido en 1688 sobre un origen del siglo XVI, con ermita, casa del ermitaño y hospedería en torno a un patio desde cuyo pretil se domina el litoral. Y en las estribaciones interiores, a 431 metros de altitud, resiste el Castell de Xivert, fortaleza de origen andalusí de los siglos X y XI que en 1234 pasó a la Orden del Temple mediante un pacto de rendición pacífica —carta de población en 1251— y, tras la disolución de la orden, a la Orden de Montesa.

La costa del miedo se ha convertido en costa compartida. Cada año, el domingo siguiente al Domingo de Pascua, más de un millar de vecinos de Peñíscola suben a pie desde el pueblo hasta la Ermita de Sant Antoni en una romería que combina misa, procesión y una jornada de paellas en el patio; el ayuntamiento recomienda expresamente subir andando. Un día al año la sierra silenciosa huele a humo de leña y arroz, y el mismo sendero que servía para vigilar corsarios vuelve a ser plaza de pueblo. Con esa imagen cierra la narración del parque.

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