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Murallas renacentistas y Portal Fosc
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Fortificación Renacentista

Murallas renacentistas y Portal Fosc

Tres puertas, tres siglos y un mismo anillo de piedra: la que un papa abrió al mar en 1414, la que Felipe II blindó contra el corsario en 1578 y la que las guerras acabaron tapiando. Esto es lo que hay que ver en las murallas de Peñíscola.

9 min de audioIngeniería Militar

Las murallas de Peñíscola encierran unas cinco hectáreas y medio millar de casas sobre el peñón, pero no son una obra única: conviven lienzos medievales de los siglos XIII al XV en las caras sur y este, la llamada Muralla de la Fuente de los siglos XIV y XV rematada en la Batería de Santa Ana, y un frente de tierra renacentista concebido ya para la artillería. Ese frente moderno, ejecutado en lo esencial entre 1576 y 1578 bajo Felipe II, es obra conjunta de Vespasiano Gonzaga, príncipe de Sabbioneta y virrey de Valencia, y del ingeniero Juan Bautista Antonelli.

La puerta que lo resume todo es el Portal Fosc, fechado en 1578: un arco de medio punto de inspiración italiana en piedra blanca, con las jambas almohadilladas ornamentadas con bolas y el escudo del rey sobre la clave. Su nombre no es poético sino descriptivo —«fosc» significa «oscuro» en valenciano— porque cruzarlo obliga a atravesar un túnel en penumbra. Fue la entrada principal de la ciudad hasta el siglo XVIII y hoy sigue siendo la manera correcta de entrar en el casco antiguo.

Qué ver

  • Portal Fosc — Arco de 1578 con el escudo de Felipe II y la cartela de Vespasiano Gonzaga
  • Hoja ferrada y garita — La puerta original forrada de flejes y la garita cilíndrica de vigilancia
  • Muros ataludados — Sillería inclinada diseñada para encajar y desviar los impactos de artillería
  • Baluarte del Príncipe — Mirador sobre el acantilado, sede del Museu de la Mar desde 1996
  • Portal de Sant Pere — La puerta al mar de Benedicto XIII, con las llaves y la luna creciente

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Hay ciudades amuralladas que se explican con un plano y otras que hay que recorrer a pie porque cada tramo pertenece a una guerra distinta. Peñíscola es de las segundas. En sus cinco hectáreas de recinto conviven lienzos del siglo XIII, la Muralla de la Fuente de los siglos XIV y XV, la coraza artillera que Felipe II encargó entre 1576 y 1578 y una corona de baterías —Santa Ana, del Olvido, San Fernando, del Bufador— añadidas cuando el peligro cambió de forma. El conjunto está protegido desde el decreto de castillos de 1949 y sigue encerrando alrededor de quinientas casas habitadas.

La historia secreta de las murallas de Peñíscola está en sus puertas, que funcionan como tres relojes parados en épocas distintas: el Portal de Sant Pere, abierto al mar por Benedicto XIII en 1414; el Portal Fosc, el del rey, fechado en 1578; y el Portal de Santa María, inaugurado en 1754 bajo Fernando VI y cegado en 1809. Saber qué ver en las murallas de Peñíscola es saber leer esa secuencia mientras se sube por el empedrado. La arquitectura defensiva del peñón se recorre entera en un paseo corto, y la audioguía de EarGuide lo acompaña puerta a puerta.

El túnel donde firma un rey

Portal Fosc

La primera parada se sitúa en la explanada exterior del Portal Fosc, a unos pasos del arco, con la piedra blanca al sol y el hueco oscuro delante. El contraste es deliberado: quien entra pasa de la solana al eco corto y la penumbra fresca de un túnel, y esa penumbra es la que da nombre a la puerta. Sobre la clave, el escudo de Felipe II; en las jambas, el almohadillado ornamentado con bolas que delata la escuela italiana.

La cartela conserva la dedicatoria completa de la obra —«Reynando el siempre vencedor Don Phelipe Segundo… Vespasiano Gonzaga… Año MDLXXVIII»—, de modo que la puerta viene firmada y fechada por quienes la hicieron. Dentro del túnel sobrevive además una hoja de madera forrada con flejes de hierro claveteados, y junto al acceso se conserva una garita cilíndrica sobre basa acanalada, rematada con cúpula y bola.

Conviene un matiz que casi ninguna guía recoge. La atribución del Portal Fosc a Juan de Herrera circula ampliamente en folletos y webs turísticas, pero no está documentada: procede del aire clasicista de la puerta, no de un papel. La documentación conservada sitúa la dirección de la obra en Gonzaga y Antonelli, y la propia inscripción de 1578 no menciona a Herrera. Cómo nació esa leyenda de autoría, y por qué ha resultado tan difícil de desmontar, se cuenta ante la cartela.

La geometría del miedo al corsario

Rampa de Felipe II

Cruzado el túnel, el recorrido continúa por la Rampa de Felipe II, una subida empedrada pulida y resbaladiza por siglos de pasos y rodadas, flanqueada por los lienzos renacentistas. Desde un punto intermedio se aprecia lo que de verdad distingue a este frente: los muros no son verticales sino ataludados, sillería inclinada calculada para encajar el impacto de una bala de cañón y desviar su energía en lugar de recibirla de plano.

Nada de esto es ornamental. La modernización respondía a la amenaza turco-berberisca: en 1570 Gonzaga y Antonelli habían recorrido juntos, por orden real, las costas de Valencia y Murcia para proponer un sistema de defensa basado en torres de vigía, y en 1576 el propio virrey escribía al rey sobre las medidas que exigía la presencia de la armada del turco en el reino de Valencia. La rampa, los taludes y los baluartes son, literalmente, geometría del miedo a una vela en el horizonte.

El mismo decorado ha tenido después una segunda carrera. En 1961 Hollywood convirtió Peñíscola durante tres meses en la Valencia del siglo XI para ‘El Cid’, con Charlton Heston cabalgando ante estos muros. Y entre finales de septiembre y principios de octubre de 2015, la producción de ‘Juego de Tronos’ —unas quinientas personas de equipo y trescientos extras— transformó el recinto en la ciudad de Meereen: Tyrion y Varys bajan conversando por esta misma rampa. Qué tuvo que cambiarse y qué no para lograr esa transformación es uno de los detalles que la narración reserva para el lugar exacto.

Dos asedios vistos desde el acantilado

Baluarte del Príncipe

La tercera parada está en la terraza del Baluarte del Príncipe, en el extremo oriental del recinto, asomada al acantilado y con el Mediterráneo abierto de par en par. Es el punto más expuesto de la muralla y uno de sus grandes miradores. Desde 1996 el bastión alberga el Museu de la Mar, instalado en el antiguo edificio escolar de niñas que los vecinos siguen llamando «Les Costures».

Desde aquí se entienden los dos episodios que pusieron a prueba toda esta piedra. En la Guerra de Sucesión, Peñíscola se mantuvo fiel a Felipe V bajo el gobernador militar Sancho de Echeverría y Orcolaga y soportó entre 1705 y 1707 un asedio de dos años, sostenido sobre todo por destacamentos ingleses y holandeses, quedando como la única plaza fuerte borbónica de la costa del reino de Valencia. El premio fue el título de ciudad, el tratamiento de «Muy Noble, Leal y Fidelísima», beneficios fiscales y el ennoblecimiento del consistorio.

El segundo episodio salió mucho peor. En febrero de 1812 las tropas napoleónicas del mariscal Suchet se hicieron con la plaza tras la rendición del gobernador García Navarro y la ocuparon más de dos años. Desde enero de 1814 el ejército del general Elío sometió la ciudad a un asedio y un bombardeo que arrasaron el caserío y forzaron la rendición francesa el 25 de mayo de 1814. Buena parte de lo que hoy se ve dentro de las murallas es, por tanto, reconstrucción posterior a aquel desastre, y distinguir lo viejo de lo rehecho es parte del juego que propone la audioguía.

La puerta que el papa abrió al mar

Portal de Sant Pere

El descenso final lleva al Portal de Sant Pere, la puerta más antigua del recinto y la única que no mira a tierra. La mandó construir Benedicto XIII en 1414 como acceso de la fortaleza a pie de agua, y sobre su arco lucen las armas del pontífice: las llaves de San Pedro junto a la luna creciente del linaje Luna, el escudo que explica de dónde viene el apodo del Papa Luna.

Funcionó como embarcadero hasta el siglo XVIII, cuando se cegó por razones militares. Al otro lado queda la Porteta, el paso que baja hacia el mar y que conserva el rastro de aquel muelle desaparecido. Un papa con obediencia propia necesitaba una puerta trasera hacia el Mediterráneo, y esta era; que un siglo y medio después alguien decidiera tapiarla dice bastante sobre cómo cambió la relación de Peñíscola con el agua.

La tradición local añade su propia versión. Cuenta que, cuando el Papa Luna quiso salir de su fortaleza sitiada, hizo tallar en una sola noche una escalera en la roca para bajar hasta el mar, donde le esperaba su nave, la Santa Ventura; el precio de aquella fuga habría sido su anillo pontificio, caído al agua y jamás recuperado. Mirar la bajada sabiendo que alguien lo sigue dando por perdido ahí abajo convierte un embarcadero cegado en otra cosa, y es donde la narración cierra el recorrido por las murallas.

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