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Castillo del Papa Luna
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Fortaleza Templaria

Castillo del Papa Luna

La fortaleza que unos monjes guerreros levantaron sobre un peñón dentro del mar acabó siendo, junto a Roma y Aviñón, el tercer lugar del mundo que ha sido sede de un papa. Esto es lo que hay que ver en el Castillo del Papa Luna.

11 min de audioArquitectura Templaria

El Castillo del Papa Luna corona el peñón de Peñíscola a 64 metros sobre el Mediterráneo, con un perímetro de unos 230 metros y muros de una altura media de 20. Lo construyeron los templarios entre 1294 y 1307, sobre el solar de una alcazaba árabe de la que no se han encontrado trazas, bajo el impulso del maestre Berenguer de Cardona y del comendador Arnaldo de Banyuls: piedra dorada, bóvedas de cañón apuntadas y ni un gramo de ornamento sobrante.

Un siglo después, el 21 de julio de 1411, Benedicto XIII —Pedro Martínez de Luna, el Papa Luna— instaló aquí su sede pontificia y convirtió aquel cuartel de monjes soldados en palacio, capilla y biblioteca papal. El contraste sigue intacto: en estas salas sin mármoles ni frescos vivió, gobernó y murió un papa que nunca aceptó dejar de serlo, y aquí se celebró el cónclave más pequeño del que se tenga noticia.

Qué ver

  • Patio de armas — El corazón desnudo de la fortaleza templaria, hoy escenario de festivales
  • Basílica de bóveda apuntada — La nave austera que Benedicto XIII transformó en capilla pontificia
  • Salón gótico — Donde la tradición sitúa el cónclave de tres cardenales de 1423
  • Terrazas a 64 metros — Parapetos sobre el mar abierto, el tómbolo y el caserío blanco
  • Escalera del Papa Luna — 147 peldaños tallados en el acantilado, cerrados al público

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En el mapa de la cristiandad solo hay tres direcciones que hayan sido corte de un papa: Roma, Aviñón y este peñón de la costa de Castellón. La tercera es la más improbable de las tres. El Castillo del Papa Luna nació como obra templaria entre 1294 y 1307, después de que Jaime I tomara Peñíscola en 1233 —la plaza musulmana se rindió sin combate tras la caída de Burriana— y de que Jaime II la cediera por permuta a la Orden del Temple en 1294. Disuelto el Temple, el castillo pasó en 1319 a la recién creada Orden de Montesa, y así habría seguido, como una fortaleza más del Maestrazgo, de no ser porque el 21 de julio de 1411 un anciano aragonés decidió que aquel era el lugar desde el que iba a seguir siendo papa contra el mundo entero.

La historia secreta del Castillo del Papa Luna se lee mejor en lo que falta que en lo que sobra: no hay mármoles, no hay frescos, no hay galerías palaciegas. Hay muros de 20 metros, bóvedas de cañón apuntadas, un patio de armas al aire y unas terrazas a 64 metros sobre el agua. Entender qué ver en el Castillo del Papa Luna significa aprender a leer esa arquitectura militar y austera como lo que fue durante doce años: el último Vaticano posible. El recorrido completo, sala por sala y con el viento de fondo, es el que acompaña la audioguía de EarGuide.

Una estatua con tiara frente al mar

Castillo de Peñíscola

La primera parada está en la explanada de acceso, ese descansillo al que se llega con el aliento justo después de subir las calles encaladas del casco antiguo. Antes que la puerta, lo que retiene la mirada es una figura de bronce instalada en 2007: un hombre mayor con tiara y báculo, mirando al mar. Quien no conozca la historia tardará unos segundos en entender por qué hay un papa en lo alto de una fortaleza militar.

La puerta de piedra dorada que se abre detrás acumula tres capas superpuestas. La primera es invisible: la alcazaba árabe que ocupaba la cima y de la que no ha aparecido un solo resto identificable. La segunda es la que se ve, levantada por los templarios entre 1294 y 1307 con la sobriedad constructiva de la orden, bajo el maestre Berenguer de Cardona y el comendador Arnaldo de Banyuls. La tercera es un nombre: el del papa que llegaría un siglo después y que hoy da apellido al edificio entero.

Que la fortaleza pasara en 1319 a la Orden de Montesa, heredera valenciana del patrimonio templario, explica que el conjunto sobreviviera intacto a la disolución del Temple. Por qué esa continuidad resultó decisiva para lo que vino después es una de las cosas que la narración desmenuza justo aquí, delante de la puerta.

Un Vaticano de piedra desnuda

Patio de armas del Castillo de Peñíscola

El recorrido desemboca en el patio de armas, el gran espacio abierto en torno al cual se distribuyen todas las dependencias. Girando despacio se abarca el conjunto de la fortaleza: muros desnudos, vanos sin decorar, las puertas de la basílica, del salón gótico, de las caballerizas y del cuerpo de guardia. Es un patio de monjes soldados, diseñado para formar tropa y almacenar víveres, no para recibir embajadas.

Y sin embargo, entre 1411 y 1423 fue exactamente eso: el patio central de una corte pontificia. Benedicto XIII trasladó aquí su palacio y su biblioteca —cifrada por la monografía más detallada del castillo en más de dos mil volúmenes manuscritos traídos desde Aviñón, un dato que conviene tomar con la prudencia de una fuente única— y abrió durante su pontificado el Portal de Sant Pere, que comunica el recinto con el mar. Un papa que gobernaba una obediencia entera desde un cuartel de piedra a 64 metros sobre las olas.

El contraste es el argumento del lugar. Hay pocas ocasiones de recorrer un espacio donde la ambición política más alta de su tiempo se instaló sin cambiar una sola piedra del decorado, y el patio de armas es el punto exacto desde el que ese desajuste se ve entero.

El cónclave más pequeño de la historia

Basílica del Castillo de Peñíscola

Del patio se pasa a las salas cubiertas del flanco marítimo: primero la basílica templaria, una nave austera de bóveda de cañón apuntada en piedra desnuda, donde se instaló la capilla pontificia; después, el salón gótico contiguo, una gran sala de arcos apuntados. La temperatura baja de golpe y el eco se vuelve seco. Es el corazón del edificio y el escenario del episodio que lo justifica todo.

Aquí murió Benedicto XIII. Había nacido en Illueca, en Zaragoza, en 1328, y fue elegido papa en Aviñón el 28 de septiembre de 1394 por veinte votos de veintiuno. El Concilio de Constanza lo depuso en 1417; él nunca renunció a la tiara. La crónica de fray Martín de Alpartil fija su muerte el 23 de mayo de 1423, con unos noventa y cuatro años, pero parte de la investigación actual sostiene que pudo fallecer meses antes, el 29 de noviembre de 1422, y que el fallecimiento se mantuvo en secreto porque así convenía a los intereses políticos del momento. La fecha que figura en los libros, por tanto, está lejos de ser pacífica.

El 10 de junio de 1423, dentro de estos muros, tres cardenales se encerraron y eligieron sucesor: Gil Sánchez Muñoz, que tomó el nombre de Clemente VIII. Abdicó el 26 de julio de 1429, reconoció a Martín V y cerró con ello el Cisma de Occidente antes de acabar sus días como obispo de Mallorca. Lo que ocurrió después con el cuerpo del Papa Luna —una odisea de siglos que termina, ya en el año 2000, con una operación de la Guardia Civil— es el material más oscuro de la audioguía, y se cuenta precisamente en esta sala.

La escalera que baja al milagro

Terrazas del Castillo de Peñíscola

Las escaleras interiores conducen a las terrazas altas, y el cambio es físico: viento constante, sal en el aire, gaviotas sonando por debajo y el rumor del mar golpeando la base del peñón sesenta y cuatro metros más abajo. Desde el parapeto del flanco este se domina la costa, el tómbolo que une la roca a tierra firme y el caserío blanco apretado en la ladera.

Asomándose a ese acantilado oriental se distingue el arranque de la escalera del Papa Luna: 147 escalones, tallados en su tramo final en la roca viva, que salvan unos cuarenta metros entre la fortaleza y el agua. Fue una infraestructura práctica —avituallamiento y salida de emergencia para una plaza que podía quedar sitiada— y hoy permanece cerrada al público por seguridad, de modo que solo se contempla desde arriba.

La tradición local prefirió otra versión. Cuenta que el propio Benedicto XIII levantó la escalera milagrosamente en una sola noche y que, desalentado por la deslealtad de los suyos, bajó por ella hasta el agua, extendió su manto pontificio sobre las olas y, apoyado en el báculo, cruzó flotando el Mediterráneo para plantarse ante su rival en Roma. Cómo una obra de intendencia acabó convertida en el relato de un anciano caminando sobre el mar es el hilo que la narración recoge frente al parapeto.

Murallas que pasaron del cañón al cine

Parque de Artillería de Peñíscola

La última parada queda fuera del castillo, en el tramo de murallas renacentistas junto al acceso al Parque de Artillería, con los baluartes a la vista y el mar de fondo. Estas defensas no son templarias ni papales: las diseñó entre 1576 y 1578 el ingeniero italiano Giovanni Battista Antonelli por encargo de Felipe II, pensadas ya para la artillería y contra la piratería berberisca que asolaba la costa.

La roca siguió trabajando mucho después de los papas. En la Guerra de Sucesión la plaza se mantuvo fiel a Felipe V y resistió sin rendirse los asedios austracistas de 1705 y 1707, lo que le valió el título de ciudad y el tratamiento de «Muy Noble, Leal y Fidelísima». Las tropas napoleónicas la ocuparon en 1812 y el general Francisco Javier de Elío la recuperó el 25 de mayo de 1814 tras un bombardeo intenso que destruyó parte del conjunto fortificado. Desde el 3 de junio de 1931 el castillo es monumento declarado —hoy Bien de Interés Cultural— y lo gestiona la Diputación de Castellón.

Su última vida es la más inesperada. En 1961 la ciudad amurallada hizo de Valencia medieval en ‘El Cid’, con Charlton Heston y Sophia Loren y miles de vecinos como extras; en el otoño de 2015 HBO rodó aquí escenas de la sexta temporada de ‘Juego de Tronos’ y convirtió el peñón en la ciudad de Meereen. Apenas hubo que disfrazar nada: por qué estas murallas funcionan tan bien ante una cámara tiene una explicación arquitectónica concreta, y es con ella con la que cierra el recorrido.

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