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Parque del Atlántico (Atlanterhavsparken)
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Acuario Atlántico

Parque del Atlántico (Atlanterhavsparken)

Cuatro millones de litros de agua de mar sin filtrar tras un cristal de 30 toneladas, el mayor recinto de focas de Europa al aire libre y un buzo que baja a dar de comer a la una. El Atlántico Norte contado desde dentro del agua.

7 min de audioVida marina

El Atlanterhavsparken está encajado en la costa rocosa del cabo de Tueneset, en la isla de Hessa, la más occidental de las que forman Ålesund, a unos tres kilómetros al oeste del centro. La sociedad que lo sostiene se fundó en 1951, pero el edificio actual abrió sus puertas el 15 de junio de 1998, y desde entonces figura entre los mayores acuarios de agua salada del norte de Europa. Con más de 200.000 visitantes al año es una de las mayores atracciones de Noruega y el gran acuario del oeste del país.

Su pieza central es el tanque atlántico, el Atlanterhavstanken: 36 metros de largo por 17 de ancho y 7 de alto, cuatro millones de litros de agua de mar sin filtrar y bacalao, fletán, pez lobo, congrio, salmón y rayas moviéndose al otro lado del acrílico. El agua no es una recreación: se bombea directamente del fiordo por una tubería que se adentra unos 800 metros y capta a unos 42 metros de profundidad, y entran hasta 21.000 litros por minuto. El mismo mar que golpea la roca de fuera es el que respira dentro.

Qué ver

  • Atlanterhavstanken — 36 × 17 × 7 metros y cuatro millones de litros de mar sin filtrar tras el acrílico
  • Alimentación con buzo — Cada día a las 13:00, un submarinista da de comer a mano a bacalaos, fletanes y peces lobo
  • Selbukta — Inaugurada en 2014, unos 6.000 m² y el mayor recinto de focas de Europa
  • Pingüinos de Humboldt — Aves de Chile y Perú dentro del programa europeo de cría de especies amenazadas (EEP)
  • Oterøya — El grupo de nutrias europeas del parque, con alimentación diaria a las 14:00

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Hay acuarios que podrían estar en cualquier parte y acuarios que no tendrían sentido fuera de su sitio. El Atlanterhavsparken pertenece al segundo grupo: se excavó y se encajó en la piedra del cabo de Tueneset, en el extremo occidental de la isla de Hessa, justo donde el oeste noruego se acaba y empieza el océano. A tres kilómetros escasos del centro de Ålesund, pero mirando en dirección contraria a la ciudad: mientras las calles de piedra miran hacia dentro, hacia su puerto, esto mira hacia fuera.

La historia secreta del Atlanterhavsparken es que casi nada de lo que se ve dentro es una recreación. El agua de los tanques es agua de fiordo real, sin filtrar, que llega por una tubería de unos 800 metros captando a 42 metros de profundidad. Saber qué ver en el Parque del Atlántico pasa por recorrerlo de fuera hacia dentro —la roca batida, los recintos al aire libre, el gran tanque y, al final, la maquinaria invisible que lo hace posible—, que es exactamente el orden que sigue la audioguía de EarGuide sobre el terreno.

El acuario tallado en la roca del Atlántico

Atlanterhavsparken

La primera parada se toma al aire libre, en el cabo de Tueneset, antes de haber visto un solo pez. Lo que se abre delante ya no es ciudad: es mar abierto y, a los lados, la boca de los fiordos. El edificio no se plantó en un solar cualquiera; se integró en la costa rocosa, en el punto más occidental de Ålesund, de modo que el paisaje forma parte de la visita desde el primer minuto.

La institución lleva en esto más tiempo del que aparenta. La sociedad que la sostiene se fundó en 1951, aunque la sede actual no abrió hasta el 15 de junio de 1998; desde entonces es uno de los mayores acuarios de agua salada del norte de Europa. No se trata de una atracción de paso sino del gran acuario del Atlántico noruego, con más de 200.000 visitantes anuales.

Empezar aquí fuera tiene una lógica que se aprecia después. Antes de ver la fauna tras el cristal, el visitante tiene delante el motivo de todo: este mar, este frío, esta roca batida por el oleaje. Qué relación exacta guarda el edificio con el agua que lo rodea —y por qué esa relación no es metafórica— es algo que la narración deja apuntado antes de rodear el edificio hacia la bahía.

Focas, pingüinos y nutrias en la roca

Selbukta

La segunda parada recorre los recintos exteriores. Pegada al edificio se abre Selbukta, la bahía de las focas, inaugurada en 2014: unos 6.000 metros cuadrados y en torno a quince millones de litros de agua que la convierten en el mayor recinto de focas de Europa, con una colonia de focas comunes. No es una piscina, es un trozo de costa acotado.

Al lado vive una colonia de pingüinos de Humboldt, originarios de las costas de Chile y Perú, que participan en el programa europeo de cría de especies amenazadas (EEP) de la EAZA; están catalogados como vulnerables desde 2005 y cuando llegaron eran la especie más amenazada de los diecisiete tipos de pingüino del mundo. El programa ha funcionado notablemente bien: nacen crías casi todos los años y en 2014 el parque llegó a enviar cinco ejemplares a un zoo francés. Un acuario de inviernos oscuros criando con éxito un ave del desierto costero sudamericano es una victoria de conservación que no se aprecia a simple vista.

En Oterøya, la isla de las nutrias, vive un grupo de nutrias europeas —Lutra lutra, no nutrias marinas, que es la confusión habitual—, alimentadas a diario a las 14:00. Tienen nombre propio, Lilly, Emmet, Sara y Oda, y el público las sigue año tras año como si fueran vecinas: hay visitantes habituales que vuelven sobre todo por ellas. Ese pequeño culto local, y lo que revela sobre cómo funciona el parque de puertas adentro, es de las cosas que mejor se disfrutan escuchando la narración frente a la charca.

Cuatro millones de litros de mar de verdad

Atlanterhavstanken

La tercera parada es el momento cumbre: el gran ventanal del Atlanterhavstanken. Al otro lado del acrílico hay 36 metros de largo por 17 de ancho y 7 de alto, cuatro millones de litros de agua salada y una comunidad de fondo del Atlántico Norte —bacalao, fletán, pez lobo o steinbit, congrio, salmón y rayas— que se mueve con la lentitud de las aguas frías. Es uno de los mayores tanques de agua salada de Europa.

A la una de la tarde el tanque se convierte en espectáculo en directo. Un buzo entra en el agua y da de comer a mano a los peces mientras un acuarista va explicando qué es cada especie: el bacalao que hizo rica a esta costa, el pez lobo asomado desde los huecos de la roca con su aspecto feroz y su quietud engañosa, la raya deslizándose por el fondo. Ver a un ser humano compartiendo el agua con ellos da la medida real del tanque.

La propia ventana tiene una historia de ingeniería. Las lunas de acrílico pesan alrededor de 30 toneladas y, durante la construcción, en 1997-98, hubo que transportarlas por mar en barco e izarlas con grúa hasta encajarlas en la estructura excavada en la roca de Tueneset: montar la “ventana” al océano fue una obra tan delicada como levantar el edificio entero. Cómo se resolvió aquel encaje, y qué margen de error había, es el tipo de detalle que la audioguía reserva para quien está justo delante del cristal.

El fiordo que entra por una tubería

Atlanterhavsparken

La última parada se detiene en las salas interiores para explicar lo que no se ve. El agua de los tanques no se fabrica ni se trata: es agua de mar real, sin filtrar, bombeada directamente del fiordo por una tubería que se adentra unos 800 metros y capta a unos 42 metros de profundidad. Al parque entran hasta 21.000 litros por minuto. Eso significa que la temperatura, la salinidad y hasta el plancton que llega dentro son los del Atlántico de fuera, en tiempo real.

Esa decisión reordena toda la visita hacia atrás. El pez lobo que el visitante acaba de ver en su guarida está en la misma agua en la que estaría a unos cientos de metros de allí, bajo la superficie que golpea la roca del cabo. El acuario no representa el océano del oeste noruego: lo canaliza.

Desde 2021 el parque es además el primer centro de ciencia con perfil marino de Noruega, sumando investigación y divulgación a su función de acuario. La pregunta que queda flotando —qué se aprende de un mar cuando se le deja entrar tal cual, sin filtros— es con la que la audioguía de EarGuide cierra el recorrido, antes de devolver al visitante al viento de Tueneset.

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