Mausoleo imperial
Audioguía Ejército de Terracota (Bingmayong)
Miles de soldados de barro a tamaño natural, cada uno con su propia cara, siguen formados mirando al este desde que unos campesinos dieron con ellos cavando un pozo en 1974. Montan guardia a 1,5 km de una tumba imperial que nadie ha abierto todavía.
- 120 min de audio
- Dinastía Qin
Los fosos del Ejército de Terracota forman parte del Museo del Mausoleo de Qin Shi Huang, en Lintong, a unos 40 km del centro de Xi'an. Las obras del mausoleo empezaron en 246 a. C., cuando el futuro primer emperador heredó con 13 años el trono de Qin, y sus soldados se modelaron por piezas, con caras retocadas una a una, armas de bronce reales y firmas de los escultores escondidas en las axilas. Tres fosos los reparten como un ejército de verdad: el gran cuerpo de batalla, una formación mixta de ballesteros, carros, infantería y caballería, y un pequeño puesto de mando con sus oficiales.
Lo que hoy se ve en pie es una reconstrucción paciente. El Foso 1 era un edificio subterráneo techado con vigas, esteras de caña y arcilla; ese techo ardió y se desplomó sobre las filas, y todas las figuras expuestas se han recompuesto a partir de fragmentos. Tampoco conservan el color: estaban pintadas sobre una capa de laca que, al contacto con el aire seco de Xi'an, se riza en quince segundos y se desprende en cuatro minutos.
Qué ver
- Foso 1 — Unas 6000 figuras en orden de batalla mirando al este, con una vanguardia de 204 arqueros y ballesteros
- Zona de restauración — Guerreros a medio recomponer y el laboratorio abierto en 2024 dentro del propio foso
- Foso 3 — El puesto de mando de los otros dos fosos, con oficiales de alto rango y un carro de guerra
- Arquero arrodillado — Tallado hasta el dibujo de la suela y con restos de su policromía original
- Carros de bronce — Dos carros a media escala con 14 kg de adornos de oro y plata, hallados sin saquear
En Lintong, a unos 40 km del centro de Xi’an, el Museo del Mausoleo de Qin Shi Huang cubre con grandes naves los tres fosos funerarios del primer emperador Qin: el Ejército de Terracota, Bingmayong (兵马俑) en mapas y carteles. Miles de soldados de barro a tamaño natural, cada uno con rasgos propios, siguen formados en orden de batalla mirando al este, a 1,5 km del túmulo del emperador, una colina arbolada al pie del monte Li que sigue sin abrir. Las obras del mausoleo empezaron en 246 a. C., cuando el futuro Qin Shi Huang heredó con 13 años el trono de Qin.
La historia del Ejército de Terracota moderno empieza con una sequía. El 29 de marzo de 1974, unos campesinos que cavaban un pozo sacaron fragmentos de figuras de barro; en abril, el arqueólogo de Lintong Zhao Kangmin recompuso dos guerreros y los identificó como obra de la dinastía Qin, y el 15 de julio de ese año el equipo arqueológico estatal ya estaba instalado en el lugar. Quién merece el título de descubridor es todavía un asunto discutido: en el pueblo circularon versiones de tres, siete y nueve descubridores, el reconocimiento arqueológico se atribuye a Zhao Kangmin y el relato popular destaca a Yang Zhifa y sus hermanos. Tampoco las cifras son cerradas: las estimaciones globales hablan de más de 8000 soldados en los tres fosos, mientras que los datos del museo suman unas 6000 figuras en el Foso 1, más de 1300 en el Foso 2 y 72 en el Foso 3, para el que otras descripciones dan 86.
El apodo que repiten todas las guías tiene autor conocido. En 1978, el entonces alcalde de París, Jacques Chirac, visitó los fosos y dijo que, si en el mundo había siete maravillas, aquel descubrimiento podía llamarse la octava; la prensa internacional difundió la frase y el título se quedó. El realismo de las figuras, sin precedentes en la escultura china anterior, ha alimentado otro debate: algunos investigadores han propuesto una influencia de la escultura griega, mientras que otros, entre ellos el arqueólogo jefe del museo, Zhang Weixing, sostienen que no hay pruebas sustanciales de ese vínculo y rechazan la hipótesis por eurocéntrica.
Hasta la quietud de las estatuas tiene su anécdota. Un sábado de septiembre de 2006, un estudiante de arte alemán, Pablo Wendel, se vistió de guerrero, cargó con un pequeño pedestal y saltó al foso entre las figuras; se quedó tan inmóvil que a los guardias les costó encontrarlo, y la policía acabó sacándolo en volandas. Como no había dañado ninguna pieza, le confiscaron el disfraz y lo devolvieron a Hangzhou con una advertencia.
Para saber qué ver en el Ejército de Terracota sin perderse entre naves y pasarelas, la audioguía lo recorre en cinco paradas y dos horas de narración: de la cabecera del Foso 1, donde la vanguardia mira al este, a su fondo en restauración, y después el puesto de mando del Foso 3, las vitrinas del Foso 2 y la sala de los carros de bronce. El hilo es uno solo: este ejército no es una postal, sino la antesala de algo que sigue cerrado.
De vuelta en Xi’an, la ciudad muestra sus capas posteriores: la Muralla de Xi’an, levantada por los Ming, y, pegado a su tramo sur, el Bosque de Estelas, con los clásicos confucianos grabados en piedra.
Un pozo seco frente a la vanguardia
Ejército de terracota
Resumen de esta parada
La primera mirada se lanza desde la barandilla oriental del Foso 1, bajo el gran hangar abovedado que se concluyó en 1979 sobre todo el foso. Sus dimensiones explican el silencio que impone: 230 metros de este a oeste por 62 de norte a sur, entre 4,5 y 6,5 metros bajo el suelo actual y 14 260 m². Por la densidad de lo excavado se calcula que guarda unas 6000 figuras de soldados y caballos, además de gran cantidad de armas de bronce.
El ejército forma en orden de batalla, mirando al este. Justo debajo de la entrada está la vanguardia: una triple fila de 204 arqueros y ballesteros, sin coraza. Detrás avanzan columnas de infantería intercaladas con carros de madera tirados por cuatro caballos.
Todo empezó con un pozo. El 29 de marzo de 1974, en plena sequía, Yang Zhifa, sus cinco hermanos y su vecino Wang Puzhi cavaban un pozo a 1,5 km al este del túmulo cuando aparecieron fragmentos de barro; en el pueblo los tomaron por «dioses de teja» y temieron haber molestado a los espíritus. Yang Zhifa contaba que pensó haber dado con un viejo horno de alfarero y que podría llevarse unas tinajas gratis. Lo que vino después, entre carretadas pagadas a 10 yuanes cada una, una tierra perdida y unos vecinos rencorosos, es la historia que la audioguía cuenta frente a la vanguardia, hasta el día en que un presidente de Estados Unidos le pidió un autógrafo.
El techo que se desplomó sobre las filas
Zona de restauración del Foso 1
Resumen de esta parada
Al fondo oeste del Foso 1, las filas perfectas de la entrada se deshacen en un campo de fragmentos. Ese contraste revela qué era el foso: un edificio subterráneo cubierto. Once corredores paralelos de más de 3 metros de ancho, pavimentados con pequeños ladrillos, separados por muros de tierra apisonada y techados con vigas y postes de madera, esteras de caña y capas de arcilla impermeable; encima, la tierra se alzaba 2 o 3 metros sobre el terreno.
Ese techo ardió. Las figuras de los fosos 1 y 2 presentan daños de fuego, han aparecido restos de vigas carbonizadas y la cubierta se vino abajo sobre las filas: todas las figuras que hoy se exhiben en pie se han recompuesto a partir de fragmentos. La tercera excavación del foso, de 2009 a 2022, sobre unos 430 m², sacó más de 220 figuras, 16 caballos, 4 carros, dos tambores con su baqueta y el primer escudo lacado del foso, y mostró además que un pasadizo de acceso se había reabierto en la Antigüedad para entrar.
¿Quién entró y quién prendió el fuego? Textos posteriores atribuyen el incendio y el saqueo a Xiang Yu, rival por el trono tras la muerte del emperador, y la falta de armas, las vigas quemadas y ese pasadizo reabierto apoyan esa lectura, aunque la autoría no está probada. Desde 2024, año del 50.º aniversario del hallazgo, un laboratorio de restauración trabaja dentro del propio foso, entre guerreros a medio recomponer, y allí mismo la audioguía sigue el rastro de los intrusos.
Nombres escondidos en el puesto de mando
Oficiales del Foso 3
Resumen de esta parada
El Foso 3 es el más pequeño: planta en forma de «凹», rampa de entrada al este, 28,8 por 24,57 metros y 520 m². Era el puesto de mando de los fosos 1 y 2, con oficiales de alto rango y los restos de un carro de guerra. Aquí la mirada pasa de la masa a los individuos.
Cada guerrero se montó por piezas: cabeza, brazos, piernas y torso por separado, unidos con barro. Las caras partían de una decena de tipos básicos de rostro, y después se añadía arcilla para dar a cada figura rasgos propios; los brazos se pegaban al final, con la coraza ya tallada, y los escultores firmaban en las axilas. Sus manos, cerradas o semiabiertas, están vacías: las armas de madera se pudrieron y muchas de bronce se saquearon. Eran armas reales. Se han recuperado más de 40 000 piezas de bronce, sobre todo puntas de flecha atadas en haces de 100, y espadas cuyas inscripciones fechan su fabricación entre 245 y 228 a. C.; muchas llevan la marca «fabricado por el canciller Lü Buwei». Durante décadas se dijo que brillaban intactas gracias a una capa antioxidante de cromo, pero un estudio de 2019 atribuye ese cromo a la contaminación de la laca cercana y la buena conservación al suelo, ligeramente alcalino y de grano muy fino.
Las figuras que resistieron dos milenios bajo tierra resultan frágiles ante un visitante: el 30 de mayo de 2025, un hombre saltó la barandilla y la red protectora de este foso y dañó a dos guerreros. Desde esa misma barandilla, la audioguía descifra lo que cuentan las firmas escondidas.
El arquero que conservó su color
Arquero arrodillado
Resumen de esta parada
El Foso 2, con planta en L de 124 por 98 metros, unos 5 de profundidad y unos 6000 m², guarda más de 1300 figuras y caballos: ballesteros, carros de guerra, infantería y caballería, el conjunto más variado en tipos de tropa de los tres fosos. Buena parte sigue cubierta de tierra, con catas abiertas, y lo más fino está en las vitrinas.
Allí espera el arquero arrodillado, del cuerpo de ballesteros del extremo oriental del foso: rodilla derecha en tierra, pierna izquierda flexionada y las manos al costado derecho, sosteniendo una ballesta que ya no está. Está modelado con más detalle que el resto, hasta el moño, las placas de la coraza y el dibujo de la suela, y conserva restos de su policromía. Es una rareza: los guerreros estaban pintados sobre laca con cinabrio, malaquita, azurita y el «púrpura Han», un silicato de cobre y bario sintético, pero al exponerse al aire seco de Xi’an esa laca se riza en quince segundos y se desprende en cuatro minutos, y por eso casi todas las figuras muestran hoy el color del barro.
Entre miles de caras pintadas en tonos rosados, solo ha aparecido una verde, la de un arquero arrodillado de este mismo foso. Nadie sabe por qué: se ha hablado de un descuido del artesano, de camuflaje, de pintura de guerra o de un soldado de algún pueblo no chino, y dos voces del propio museo defienden explicaciones distintas. Frente a la vitrina, la audioguía pone sobre la mesa esas teorías enfrentadas.
Carros de bronce ante una tumba sin abrir
Carros de bronce
Resumen de esta parada
En su sala propia del museo se exponen los dos carros de bronce pintados, a escala 1/2 de los del cortejo imperial, con cuatro caballos cada uno, su auriga y 14 kg de adornos de oro y plata. Aparecieron en diciembre de 1980 a solo 20 metros al oeste del túmulo, a 7,8 metros de profundidad. El hundimiento de su cámara de madera los había aplastado, pero nadie los había saqueado y conservaban casi todas sus piezas.
Son un anticipo de lo que sigue cerrado a 1,5 km de los fosos. El túmulo de Qin Shi Huang, al pie del monte Li, no se ha abierto, y en su tierra se han medido niveles altos de mercurio, coherentes con los cien ríos de mercurio que describe el historiador Sima Qian en el Shiji. El mismo relato cuenta cómo se selló la tumba: ballestas automáticas contra quien excavara hasta acercarse, los astros arriba y la geografía del imperio abajo, velas pensadas para no apagarse nunca y, encima, hierba y árboles para que pareciera una montaña.
Según Sima Qian, el sellado tuvo además un precio humano, que alcanzó al harén del emperador y a los propios artesanos que habían montado los mecanismos. Ante los carros, la última parada de la audioguía cuenta quiénes, según esa crónica, nunca volvieron a salir de la tumba.