Torre almohade
Audioguía Torre del Oro
Doce caras de argamasa plantadas en la orilla del Guadalquivir en 1220-1221, último bastión de la muralla almohade hacia el río. La Torre del Oro vio caer el puente de barcas en 1248, sobrevivió a dos terremotos y a dos intentos de derribo, y su oro nunca fue oro: era un enlucido de cal y paja.
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- Torre albarrana almohade
La Torre del Oro se levantó entre 1220 y 1221 como torre albarrana almohade, remate de la coracha que bajaba desde el Alcázar hasta el Guadalquivir. Mide 36,75 metros de altura y 15,20 de diámetro, y suma tres cuerpos de tres siglos distintos: la base dodecagonal almohade, un cuerpo mudéjar de la época de Pedro I y la linterna con cúpula de azulejos dorados añadida en 1760, tras el terremoto de Lisboa.
Su nombre engaña. Ni guardó el oro de América, custodiado en la Casa de la Contratación, ni tuvo azulejos dorados: José Gestoso los buscó en 1900 y no halló ninguno. La investigación de 2005 atribuye el brillo a un enlucido amarillento de cal y paja prensada. Lo que sí hubo fue una muralla, derribada en 1830, y ocho días de marzo de 1866 en que la torre estuvo oficialmente en venta.
Qué ver
- Cuerpo almohade de doce caras — Argamasa de 1220-1221, último bastión de la muralla hacia el río
- Linterna de 1760 — Cúpula de azulejos dorados levantada tras el terremoto de Lisboa
- Azulejos de las riadas — Tres marcas del agua en la fachada oeste: 1856, 1876 y 1892
- Torre de la Plata — La hermana octogonal de la coracha, separada por la muralla derribada en 1830
- Museo Naval — Maquetas, cartas náuticas e instrumentos de navegación desde 1944
La Torre del Oro de Sevilla se levantó en el año 617 de la Hégira, entre marzo de 1220 y febrero de 1221, como torre albarrana almohade en la orilla oriental del Guadalquivir. Su nombre árabe, Bury al-Dahab, ya hablaba de oro, y durante siglos se ha discutido de dónde venía ese brillo: de los tesoros de Pedro I, de unos azulejos dorados o del oro de América. La investigación de 2005 apunta a algo mucho más humilde, un enlucido de cal y paja prensada de apenas cuatro o cinco centímetros que la hacía relucir al sol sobre el río. Hoy mide 36,75 metros de altura y 15,20 de diámetro, y guarda desde 1944 el Museo Naval, frente al barrio de Triana.
La historia de la Torre del Oro es la de una superviviente. Fue el remate de una coracha que bajaba desde el Alcázar hasta el agua; vio pasar en 1248 la flota de Ramón de Bonifaz, que rompió el puente de barcas durante el asedio de Fernando III; sirvió de prisión a nobles y jurados; quedó dañada por el terremoto de Carmona de 1504 y, tras el de Lisboa de 1755, estuvo a punto de ser derribada. En 1830 perdió la muralla que la unía a la ciudad, en 1866 pasó ocho días en venta y en 1871 volvió a plantearse su demolición. Sigue en pie, y en 2021 cumplió 800 años con un sello de Correos que la muestra engalanada de banderas por los 500 años de la salida de Magallanes y Elcano desde Sevilla.
La arquitectura de la Torre del Oro se lee de abajo arriba como tres capas de tiempo: la base dodecagonal almohade de argamasa, un segundo cuerpo mudéjar de la época de Pedro I con arcos ciegos de herradura y arquillos gemelos, y la linterna cilíndrica con cúpula de azulejos dorados añadida en 1760. Qué ver en la Torre del Oro se ordena en cuatro paradas, de la Torre de la Plata a la terraza mirador, pasando por la orilla frente a Triana y las salas del Museo Naval; el recorrido cobra todo su sentido escuchado con la audioguía al pie de la torre.
A cinco minutos río arriba, por el paseo de Colón, se alza la Plaza de Toros de la Maestranza, en el mismo barrio del Arenal. Y para comparar miradores, las Setas de Sevilla ofrecen la vista contemporánea de la ciudad desde lo alto.
La hermana de plata y la muralla que ya no está
Torre de la Plata
Resumen de esta parada
A pocos pasos de la Torre del Oro, encajada entre edificios, se alza la Torre de la Plata, octogonal y mucho más discreta. Las dos son supervivientes de la misma obra: la coracha almohade, un lienzo de muralla que bajaba desde el ángulo meridional del Alcázar hasta el río, defendido por varias torres, y que remataba en el agua con la Torre del Oro, levantada entre 1220 y 1221 como torre albarrana. La Torre del Oro, por tanto, no nació sola ni exenta: era el último eslabón de una cadena de piedra.
Ese lienzo no llegó al siglo XX. En 1830, siendo alcalde José Manuel Arjona, Sevilla derribó la muralla que unía la torre con el Alcázar y la dejó aislada a la orilla del Guadalquivir, tal como se ve hoy. Entre las dos torres queda un hueco que la imaginación sevillana ha llenado por su cuenta: cuenta la leyenda que, ante la conquista cristiana de 1248, las autoridades almohades escondieron grandes riquezas bajo la torre antes de huir, y que un túnel secreto la unía con la Torre de la Plata, quizá incluso con el Alcázar, como vía de escape.
Qué hubo realmente entre estas dos torres, y por qué una se quedó con el oro y la otra con la plata en el nombre, es lo que la narración desgrana ante la Torre de la Plata.
El día que un barco rompió el puente de Triana
Torre del Oro
Resumen de esta parada
Desde la orilla, con Triana enfrente, la torre muestra toda su escala y la fachada que mira al río. En la otra ribera terminaba el puente de barcas almohade que unía Sevilla con Triana, y ahí se decidió en buena parte el asedio de 1248: la flota castellana del almirante Ramón de Bonifaz remontó el Guadalquivir y uno de sus barcos rompió el puente, mientras desde la torre llovían flechas sobre las naves al pasar. Sevilla quedó cortada de Triana y Fernando III se acercó a la victoria.
De aquella jornada quedan trofeos lejos de Sevilla. En la nave de Belén de la iglesia de Santa María de la Asunción de Laredo cuelgan unas cadenas tenidas por trofeo de la toma de la ciudad; en 2021 la Universidad Complutense de Madrid las dató en unos 800 años, con un margen de medio siglo. La escena del barco rompiendo la cadena junto a la Torre del Oro figura en los escudos de Laredo, Santander, Avilés y, desde 1984, de Cantabria. Qué cadena era exactamente se discute: la tradición habla de una gran cadena tendida desde la torre hasta la otra orilla, mientras otras lecturas sostienen que la cadena rota era la que sujetaba las barcas del puente.
El agua ha vuelto a embestir la torre muchas veces desde entonces. En la fachada oeste, hacia el río, tres azulejos marcan la altura que alcanzaron las riadas del 21 de enero de 1856, del 8 de diciembre de 1876 y del 10 de marzo de 1892. Hasta dónde subió el Guadalquivir y qué camino siguió la cadena hasta Laredo se cuenta en la narración, mirando a Triana.
Ni azulejos ni tesoro: un oro de cal y paja
Salas del Museo Naval
Resumen de esta parada
Dentro, las salas del Museo Naval reúnen instrumentos de navegación, maquetas, grabados y cartas náuticas sobre Sevilla, el río y el mar. La Armada tenía el usufructo de la torre desde el 7 de enero de 1870, como comandancia y capitanía del puerto, y en 1944 Julio Guillén inauguró aquí el Museo Marítimo, filial del Museo Naval de Madrid, con unas cuatrocientas piezas traídas desde la capital.
Entre vitrinas se resuelve también el enigma del nombre. Luis de Peraza habló en 1535 de azulejos brillantes y de los tesoros de Pedro I; en la restauración de 1900 José Gestoso buscó azulejos dorados primitivos y no halló ninguno; la leyenda del oro de América guardado aquí tampoco se sostiene, porque ese oro se custodiaba en la Casa de la Contratación y en el Alcázar. La investigación de 2005 atribuye el brillo a una capa de estuco amarillento de cuatro o cinco centímetros, mortero de cal y paja prensada, que daba a la torre su resplandor dorado frente al blanqueado de la Torre de la Plata.
Antes de llenarse de maquetas, la torre fue cárcel. A principios del siglo XV encerró a nobles, y en 1597 la Real Audiencia encarceló en ella y en la Puerta de Triana al alcalde de justicia Sebastián de Carvajal y a los 24 jurados del cabildo por sacar a una presa de la cárcel para azotarla. Y, según la leyenda, sirvió de refugio a las damas que cortejaba Pedro I, la más célebre doña Aldonza Coronel, hermana de María Coronel y esposa del noble Alvar Pérez de Guzmán, que habría vivido custodiada entre estos muros mientras el rey residía en el Alcázar; el duque de Rivas llevó la historia al teatro en El Alcázar de Sevilla (1834). Qué parte de ese relato tiene papeles detrás es asunto de la narración, entre las vitrinas del museo.
Tres cuerpos, un cinturón de hierro y ocho días en venta
Terraza mirador
Resumen de esta parada
Desde la terraza mirador la vista abarca el Guadalquivir, el puente de Triana, el barrio de Triana y el centro histórico. Pero la torre misma, leída de abajo arriba, cuenta tanto como el paisaje: 36,75 metros de altura y 15,20 de diámetro repartidos en tres cuerpos, el dodecagonal almohade de la base, el mudéjar de la época de Pedro I, en el siglo XIV, y la linterna cilíndrica de 1760, con sus óculos y su cupulilla de azulejos dorados.
Cada cuerpo es una cicatriz. Tras el terremoto de Carmona del 5 de abril de 1504 la torre quedó dañada y se ciñó con un grueso cinturón de hierro para que no se abriera; en octubre de 1538 se pagó al herrero francés Juan Abel por uno nuevo. Después del terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755, el maestro mayor Francisco Sánchez de Aragón propuso en 1757 derribarla entera o dejar solo el primer cuerpo. En su lugar, el 17 de marzo de 1760 empezó la restauración: se macizó la planta baja, se cegaron las ventanas del segundo cuerpo, entre el 14 de junio y el 27 de julio se levantó la linterna y en agosto se abrieron seis grandes vanos con balcones de hierro. Quién firmó aquel proyecto todavía se discute, entre Ignacio Moreno y el ingeniero Sebastián Van der Borcht.
El peligro no terminó ahí. El 9 de marzo de 1866 la Real Casa y Patrimonio ordenó al teniente alcaide del Alcázar que vendiese la Torre del Oro; ocho días después, el 17 de marzo, una orden de Isabel II suspendió la venta y la torre siguió siendo pública. En 1871 volvió a plantearse su derribo, y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando pidió el 17 de mayo que no se vendiese ni derribase. Por qué Sevilla quiso librarse tantas veces de su torre más conocida, y qué la salvó en cada ocasión, es lo que cierra la narración en lo alto, con el río al fondo.