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Templo de los Lamas

Foto: lazarevmaru, CC BY 2.0

Templo budista tibetano

Audioguía Templo de los Lamas (Yonghegong)

Pekín · 6 paradas · 60 min

La mansión donde vivió un príncipe que llegó a emperador y donde nació otro, convertida en 1744 en el gran monasterio de budismo tibetano de Pekín: tejas amarillas de palacio, una urna de oro para elegir reencarnaciones y un Maitreya de sándalo de 18 metros entre el humo del incienso.

  • 60 min de audio
  • Budismo tibetano

En 1694 el emperador Kangxi mandó construir en el noreste de la ciudad interior, sobre antiguas dependencias de los eunucos de la corte Ming, la residencia de su cuarto hijo, Yinzhen, conocida como la mansión del Cuarto Señor. Allí nació en 1711 el futuro emperador Qianlong y allí reposó de 1735 a 1737 el ataúd de Yongzheng. En 1744 Qianlong la convirtió en monasterio de la escuela Gelug del budismo tibetano, consagrado en enero de 1745: un eje de salones de tejas amarillas imperiales que avanza de sur a norte y termina en el Wanfuge, el pabellón de tres plantas del Maitreya de sándalo.

El contraste está en lo que sigue vivo dentro de un monumento imperial. En los patios donde la corte Qing sorteaba reencarnaciones, los fieles avanzan hoy con las tres varillas de incienso que el templo reparte gratis; en 2023 se convirtió en el templo de moda de los jóvenes chinos, que piden suerte en el trabajo y hacen cola para comprar pulseras hechas con la ceniza de ese mismo incienso. Y a comienzos de año los lamas aún representan el cham, la danza enmascarada de exorcismo que los pequineses llaman «pegar a los fantasmas».

Qué ver

  • Caldero de las gachas de Laba — El bronce de la torre del tambor que aún sirve en el reparto del duodécimo mes lunar
  • Pabellones de estelas — El Discurso sobre los lamas de 1792 en cuatro lenguas y la historia de la urna de oro
  • Salón Yongyou — Aposento del príncipe Yinzhen y lugar donde reposó su ataúd, en la mansión donde nació Qianlong
  • Salón Falun — Tsongkhapa, los púlpitos de 1954 y una montaña de palo de rosa con quinientos arhats
  • Wanfuge — Un Maitreya en pie de 18 metros tallado en un solo tronco de sándalo blanco

En el noreste de la antigua ciudad interior de Pekín, tres arcos de tejado vidriado abren el camino hacia el Templo de los Lamas (雍和宫, Yonghegong), el gran monasterio imperial de budismo tibetano de la capital. Antes de templo fue casa: en 1694 el emperador Kangxi mandó levantar aquí la residencia de su cuarto hijo, Yinzhen, el futuro emperador Yongzheng, y en 1711 nació entre sus muros Hongli, que reinaría como Qianlong. El recinto fue a la vez residencia de un emperador antes de reinar y cuna de otro, y hoy sigue humeando de incienso.

La historia del Templo de los Lamas da un giro en 1744, cuando Qianlong convirtió el palacio en monasterio de la escuela Gelug, con el nombre tibetano de Ganden Jinchagling, y lo pobló con quinientos lamas venidos del Tíbet, de Mongolia y de la propia capital. Desde entonces el recinto funcionó también como herramienta de gobierno: aquí se guardó una de las dos urnas de oro con las que la corte Qing sorteaba las reencarnaciones de los grandes lamas. Lo que ocurrió después de 1949 es asunto discutido: una versión habla de décadas de cierre y de una protección durante la Revolución Cultural que se atribuye a Zhou Enlai, mientras otros datos, como las obras estatales de 1950-1952, las prédicas de 1954 o los abades nombrados hasta 1965, contradicen un cierre total. Desde febrero de 1981 vuelve a ser lugar de culto activo.

Para saber qué ver en el Templo de los Lamas y leer su arquitectura, de palacio con tejas amarillas a monasterio con torrecillas tibetanas sobre el tejado, la audioguía recorre el eje de sur a norte en seis paradas y una hora de narración: del caldero de las gachas de Laba a las estelas en cuatro lenguas, del salón donde reposó el ataúd de un emperador a la Montaña de los Quinientos Arhats, hasta el Maitreya de sándalo de 18 metros. Es el hilo de una casa de príncipe convertida en máquina política de un emperador, y de esa máquina convertida, contra todo pronóstico, en un templo donde Pekín sigue pidiendo suerte.

Antes de templo fue mansión de príncipe; la Mansión del Príncipe Gong, junto al lago Shichahai, muestra una residencia principesca Qing que nunca dejó de serlo. Unos dos kilómetros al oeste, las Torres del Tambor y de la Campana cierran el eje central de Pekín.

Columnas de cemento en la mansión del Cuarto Señor

Camino imperial y arcos de entrada

Resumen de esta parada

La visita empieza en un patio cerrado al sur por un gran muro pantalla, con tres pailou, los arcos ceremoniales de madera con tejado vidriado de colores. De ellos parte el camino imperial, el Niandao, recto hacia la puerta Zhaotai. Es una entrada a escala de palacio más que de templo, y tiene su explicación: en 1694 el emperador Kangxi mandó construir aquí, sobre antiguas dependencias de los eunucos de la corte Ming, la residencia de su cuarto hijo, Yinzhen. Al principio se la conocía como la «mansión del Cuarto Señor»; aquel príncipe acabaría reinando como Yongzheng.

Los arcos guardan también una pérdida del siglo XX. Sus pilares eran de madera de nanmu dorado y, durante la ocupación japonesa de Pekín, se sustituyeron por columnas de cemento, que son las que sostienen hoy los tejados de colores.

Desde aquí empieza además un código de gestos que muchos fieles repiten en cada umbral: entre ellos corre el consejo de no cruzar por la puerta del centro, la «puerta vacía» (kongmen), porque quien pasa por ella haría el viaje en balde. En el camino imperial, la audioguía cuenta cómo la casa de un príncipe acabó convertida en instrumento político de un emperador.

Seis calderos de gachas para todo Pekín

Caldero de las gachas de Laba

Resumen de esta parada

Pasada la puerta Zhaotai, junto a la torre del tambor, aparece un enorme recipiente de bronce con forma de tinaja: el caldero de las gachas de Laba. En época Qing, el palacio oriental del Yonghegong albergaba un taller de grandes calderos dedicado a este plato. El fuego se encendía el día 7 del duodécimo mes lunar, al amanecer del 8 había seis calderos listos y el sexto se repartía entre los vecinos de Pekín. El caldero sigue usándose en el reparto anual.

Junto a la misma puerta está el puesto donde el templo entrega gratis incienso ecológico: no admite varillas traídas de fuera y pide ofrecer tres, no manojos. Es la norma de un lugar que, tras las obras estatales de 1950-1952 y su inclusión en 1961 en la primera lista de monumentos nacionales protegidos, reabrió en febrero de 1981 como templo en activo y en 1983 fue declarado templo budista clave del país. Hoy recibe multitudes: en el Año Nuevo chino de 2026 vendió 40.000 entradas en línea al día y organizó la visita en sentido único, de sur a norte.

La ceniza de esas varillas tiene una segunda vida. En 2023 el Yonghegong se convirtió en el templo de moda de los jóvenes chinos: el 26 de febrero de aquel año decenas de miles de personas, muchas universitarias o recién llegadas al trabajo, hicieron cola para pedir buena suerte, y los budas del trabajo y la fortuna atraían más ruegos que el del amor. Las colas más largas, sin embargo, estaban en las tiendas del templo, donde se venden pulseras hechas con ceniza del incienso que queman los fieles, que la gente hace consagrar y luce como amuleto. Junto al caldero, la audioguía cuenta la broma que circula sobre una de esas pulseras.

Una urna de oro para elegir reencarnaciones

Estela del Discurso sobre los lamas

Resumen de esta parada

Ante los salones principales, dos pabellones guardan las estelas de Qianlong, escritas en chino, manchú, mongol y tibetano, una lengua en cada cara. La de 1744 marca la conversión del palacio en monasterio de la escuela Gelug, que acogió a quinientos lamas bajo un gran lama y cuatro demchi. La otra lleva el «Discurso sobre los lamas» (Lama Shuo), más de 2.100 caracteres que el emperador escribió de su puño en 1792. Las mismas cuatro lenguas se repiten en las placas con el nombre del templo sobre las puertas.

Ese mismo año la corte impuso el sorteo de la urna de oro para reconocer a los niños reencarnados de los grandes lamas. Qianlong mandó hacer dos urnas: una para el Jokhang de Lhasa y otra para el Yonghegong, destinada a las reencarnaciones de Mongolia, Qinghai y Gansu. La piedra en cuatro idiomas muestra así la otra cara del monasterio: un instrumento con el que un emperador gobernaba a mongoles y tibetanos, hasta el punto de sortear en una urna quién era la reencarnación de un lama.

En el mismo patio humea sin descanso un gran incensario de bronce, junto a una maqueta en bronce del monte Sumeru, el centro del universo budista. Se dice en Pekín que el incensario se fundió en tiempos de Qianlong con incensarios Xuande de la dinastía Ming sacados del palacio imperial, y que por eso cuenta entre las «tres maravillas» de la ciudad, junto al gran cuenco de jade del Beihai y el muro de los Nueve Dragones; es tradición, no certeza. Ante la estela, la audioguía desgrana lo que el emperador dejó escrito sobre los lamas.

El ataúd que tiñó de amarillo los tejados

Salón Yongyou

Resumen de esta parada

El salón principal, el Salón Yonghegong, fue el salón de recepción de la mansión y hoy alberga a los Budas de las Tres Edades y a los dieciocho arhats. Más al norte se encuentra el Salón Yongyou, antiguo aposento del príncipe Yinzhen, que hoy guarda budas de la larga vida y de la medicina. La casa tuvo también su lado doméstico: en 1711, en una estancia llamada Ruyi del Patio Oriental de Estudio, nació Hongli, hijo de Yinzhen y futuro emperador Qianlong.

Cuando Yongzheng murió en 1735, su ataúd reposó en el Salón Yongyou hasta 1737. Una de las explicaciones de las tejas vidriadas amarillas de los salones principales, el color reservado al emperador, apunta a ese velatorio; otra fuente lo atribuye a Qianlong, que habría sustituido tejas turquesa para dar rango imperial al templo. Sea cual sea el motivo, el amarillo de los tejados es la huella de que aquí vivió un emperador.

Al príncipe que habitó estas salas se le asocia además una leyenda oscura. Cuenta la tradición que Yinzhen no soportaba el chirrido de las cigarras mientras meditaba o leía y mandó a unos criados atraparlas con largas cañas de bambú untadas de pegamento, de donde vendría el nombre de «Oficina de las Cañas Pegajosas» (Niangan chu). La leyenda añade que, en la lucha de los hijos de Kangxi por el trono, aquellos cazadores de cigarras se convirtieron en una red de espías con cuartel en el Yonghegong, armados con el xuedizi, una jaula capaz de arrancar cabezas a distancia. Del cuerpo de guardias con cañas sí hay rastro; la base secreta en el templo es tradición popular y el xuedizi sale de las novelas de época Qing, no de la historia. Frente al Salón Yongyou, la audioguía separa lo que es historia de lo que es mito.

Quinientos arhats tras los púlpitos de 1954

Montaña de los Quinientos Arhats

Resumen de esta parada

El Salón Falun, antiguo dormitorio del príncipe, es la gran sala de rezo del monasterio: planta de cruz y cinco pequeños pabellones de estilo tibetano sobre el tejado, que representan el monte Sumeru. Dentro, en la penumbra, se alza la estatua de bronce de Tsongkhapa, cuya escuela es la del monasterio, entre dos púlpitos de madera.

Desde esos púlpitos predicaron en 1954, durante su estancia en Pekín, el Dalái Lama y el Panchen Lama. La línea viene de lejos: el monasterio se consagró el 20 de enero de 1745 en una ceremonia presidida por el tercer Changkya, Rolpé Dorje, el lama que en 1724 había llegado a Pekín para ser compañero de estudios del príncipe Hongli y que dirigió la conversión del palacio en templo.

Detrás de Tsongkhapa, tras un cristal protector y con poca luz, se levanta la Montaña de los Quinientos Arhats: un relieve de palo de rosa de casi 5 metros de alto, 3,5 de largo y 30 centímetros de grosor, poblado por quinientas figuras de oro, plata, cobre, hierro y estaño. En la sala, la audioguía sigue el hilo que une al compañero de estudios de un emperador con los púlpitos de 1954.

Un Maitreya de 18 metros en un solo tronco

Maitreya de sándalo del Wanfuge

Resumen de esta parada

El último edificio del eje es también el más alto: el Wanfuge, de tres plantas, unido por pasarelas cubiertas elevadas a los pabellones laterales Yongkangge y Yansuige. Dentro se alza un Maitreya en pie de 18 metros tallado en un solo tronco de sándalo blanco. Según la versión más detallada de su origen, el séptimo Dalái Lama obtuvo en Gorkha, en el actual Nepal, a cambio de numerosos tesoros, un tronco de 3 metros de diámetro que viajó por el Tíbet y Sichuan hasta Pekín, donde los artesanos de la Casa Imperial lo tallaron como una figura de 26 metros: 18 sobre el suelo y 8 enterrados.

Otras fuentes lo presentan como un regalo del Dalái Lama traído desde el Tíbet en tres años, Guinness lo da como tallado en dos años y terminado en 1750, y tampoco las medidas coinciden entre unas y otras. Al templo llegaron además los materiales de otro Wanfuge: en 1748 se ordenó desmontar el pabellón de ese nombre en la colina de Jingshan y trasladar su madera, ladrillos, tejas y piedras al Yonghegong, y para sacarlos se abrió una gran puerta en la muralla norte de Jingshan.

Maitreya protagoniza también el ritual más espectacular del templo, el cham, la danza enmascarada de exorcismo que los lamas representan a comienzos de año y que los pequineses llaman «dǎ guǐ», «pegar a los fantasmas». Con Qianlong se convirtió en gran ceremonia oficial. En la versión antigua, un fantasma blanco y uno negro abrían paso a palos y latigazos entre el público; el demonio se hacía visible como un ciervo que nadie lograba atrapar hasta que Maitreya, con el aspecto del monje risueño Budai, lo capturaba, y una efigie de masa ardía a las puertas del templo. En 1916 ya se cobraba entrada para verlo y tras 1924 el Yonghegong quedó como único escenario de la danza en Pekín. Se interrumpió después de 1949, revivió una sola vez en 1957, volvió en 1987 y sigue reuniendo a decenas de miles de espectadores. Ante el Maitreya, la audioguía cierra el recorrido con el viaje de ese tronco hasta Pekín.

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