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Wat Pho

Foto: swifant, CC BY-SA 2.0

Templo real

Audioguía Wat Pho (Wat Phra Chetuphon)

Bangkok · 5 paradas · 60 min

Un Buda dorado de 46 metros tan grande que hubo que levantarle la casa alrededor, cuatro torres de cerámica para cuatro reyes y 1.431 lecciones grabadas en piedra para quien quisiera leerlas. Así es el Templo del Buda Reclinado, la cuna viva del masaje tailandés.

  • 60 min de audio
  • Buda reclinado de 46 m

Wat Pho es más antiguo que Bangkok como capital. Se llamaba Wat Photaram y venía del periodo de Ayutthaya cuando Rama I, que en 1782 había trasladado la corte a esta orilla del Chao Phraya y levantado el Gran Palacio a su lado, ordenó en 1788 reconstruirlo sobre un terreno pantanoso que hubo que drenar y rellenar. En 1801 pasó a llamarse Wat Phra Chetuphon, en recuerdo del monasterio de Jetavana, y décadas después Rama III lo amplió hasta unas 9 hectáreas y le dio casi todos los edificios que se ven hoy, incluida la capilla del Buda reclinado.

El mayor contraste del templo no está en sus dorados, sino en su propósito. Bajo Rama III, unas 50 personas de la corte y monjes eruditos llenaron pabellones y galerías de inscripciones sobre medicina, historia, literatura y astrología, con la idea de que el saber quedara abierto a todos sin distinción de rango. De aquella enciclopedia de piedra nació la escuela que hoy enseña masaje en el extremo este del recinto, y que ha formado a más de 200.000 masajistas repartidos por 145 países.

Qué ver

  • Buda reclinado — 46 metros de largo y 15 de alto, de ladrillo y argamasa lacada y dorada entera
  • Plantas de los pies — 108 paneles de nácar con los signos auspiciosos de Buda y un chakra en cada pie
  • Phra Maha Chedi Si Rajakarn — Cuatro chedis de 42 metros, una por cada uno de los primeros reyes Chakri
  • 1.431 inscripciones en piedra — Inscritas por la UNESCO en el registro Memoria del Mundo en 2011
  • Escuela de masaje — El origen de más de 200.000 masajistas formados para 145 países

Junto a los muros del Gran Palacio, el templo real que los tailandeses llaman Wat Phra Chetuphon y el resto del mundo conoce como Wat Pho, o Templo del Buda Reclinado, guarda mucho más que su famosa figura dorada. La historia de Wat Pho arranca antes de que Bangkok fuera capital: el viejo Wat Photaram ya existía en tiempos de Ayutthaya, y en 1788 Rama I lo mandó reconstruir sobre un terreno pantanoso, a la sombra de su nuevo palacio. Medio siglo después, Rama III emprendió una renovación de más de dieciséis años que dejó en pie casi todo lo que hoy se recorre.

Lo que salió de aquellas obras fue algo más que un templo. Rama I había hecho traer unas 1.200 imágenes de Buda desde templos abandonados de Ayutthaya, Sukhothai y otros lugares; Rama III añadió 1.431 inscripciones en piedra, escritas entre 1831 y 1841, sobre religión, medicina, historia, literatura y astrología. La UNESCO las incluyó en su registro Memoria del Mundo, y de ese saber grabado desciende la escuela de medicina y masaje tradicionales que sigue funcionando dentro del recinto. Qué ver en Wat Pho, por tanto, va del gigante dorado a las cuatro grandes chedis de cerámica, del claustro de budas iguales a los pabellones donde se aprende masaje.

El templo acumula además historias menores que dicen mucho de él: un estanque donde, hacia 1822, el enviado británico John Crawfurd anotó que los monjes cuidaban peces y un cocodrilo, hoy un jardín con cocodrilos de piedra reabierto a finales de 2024; o la visita de Barack Obama en noviembre de 2012, descalzo junto a Hillary Clinton ante el Buda reclinado, que terminó con una profecía electoral entre risas. Para leer la arquitectura de Wat Pho con todo su sentido, la audioguía recorre el conjunto en cinco paradas, en el orden en que el templo se deja entender.

Desde la orilla del templo se ve, al otro lado del Chao Phraya, Wat Arun. Las guirnaldas de jazmín que se ofrecen a los budas de Bangkok salen de Pak Khlong Talat, el mercado de flores vecino, y en la orilla de Thonburi el canal Bang Luang conserva el antiguo cauce del río.

Un Buda más grande que su casa

Buda reclinado

Resumen de esta parada

La primera parada se sitúa ante la cabeza del Buda reclinado, Phra Buddhasaiyas, y lo primero que se impone es la desproporción. La figura mide 46 metros de largo y 15 de alto, y ocupa casi todo el vihara que la cobija. No es casualidad: bajo Rama III se levantó primero la estatua y solo después el edificio que la envuelve, de modo que la casa se construyó a la medida de su habitante. Está hecha de ladrillo y argamasa, lacada y dorada de arriba abajo.

La postura tiene nombre propio. Es la sihasaiyas, la del león que reposa: el Buda descansa sobre el costado derecho, con la cabeza apoyada en el brazo y en dos almohadas incrustadas de mosaico de vidrio, y representa su entrada en el Nirvana. Suele presentarse como el mayor Buda reclinado de Tailandia, aunque las fuentes no coinciden: otras lo sitúan entre los mayores del país o como el tercero más largo.

Bajo esa escala hay una historia más vieja. El templo se llamaba Wat Photaram, de ahí la forma corta Wat Pho, y procede del periodo de Ayutthaya; su fundación es discutida, porque una fuente la atribuye al rey Phetracha y otras la dan por desconocida. Lo que sí está documentado es que su sector sur llegó a ocuparlo parte de un fuerte en estrella francés, que Phetracha mandó demoler tras el asedio de Bangkok de 1688. Cómo encaja ese fuerte en la historia del gigante dorado es lo que la narración cuenta frente a él.

108 signos de nácar y monedas que suenan

Plantas de nácar y cuencos de bronce

Resumen de esta parada

Al llegar a los pies, el recorrido pasa de la escala al detalle. Las plantas del Buda, de unos 3 metros de alto por 4,5 de largo según la medición más citada (otras fuentes dan cifras distintas), están incrustadas de nácar y divididas en 108 paneles con los signos auspiciosos de Buda: flores, bailarinas, elefantes blancos, tigres. En el centro de cada pie gira un chakra.

Detrás de la figura, el corredor del vihara está flanqueado por 108 cuencos de bronce. Los fieles van dejando una moneda en cada uno y el tintineo acompaña todo el paseo; lo que se recoge ayuda a mantener el templo. El número no se repite por azar, y su sentido forma parte de lo que se escucha en esta parada.

Esa relación entre devoción y mantenimiento alcanza su punto álgido cada abril, en torno al Año Nuevo tailandés. Durante la fiesta anual de homenaje al Buda reclinado, la explanada ante el vihara se llena de chedis de arena, los fieles pegan pan de oro a la imagen de su día de nacimiento y se baña ritualmente a Luang Pho Ong Dam, una imagen tenida por sagrada en el templo; cada tarde se baña también a un grupo de monjes. Es una tradición documentada que sirve, a la vez, para recaudar fondos.

La chedi verde que encierra Ayutthaya

Phra Maha Chedi Si Rajakarn

Resumen de esta parada

En un recinto cerrado se alzan las cuatro grandes chedis, Phra Maha Chedi Si Rajakarn, de 42 metros cada una y revestidas de cerámica de cuatro colores. Cada torre corresponde a uno de los cuatro primeros reyes Chakri: la verde es de Rama I; la blanca, con las cenizas de Rama II, y la amarilla, dedicada a Rama III, las levantó este último; la azul es de Rama IV, que cerró el recinto con las cuatro dentro y sin espacio para una quinta.

Rama I fue quien en 1788 ordenó rehacer el viejo Wat Photaram, ya ruinoso, y quien en 1801 lo rebautizó Wat Phra Chetuphon. Su chedi verde no guarda un tesoro, sino una herida. Dentro están los restos de Phra Phuttha Sanphet, la gran imagen de bronce de Buda en pie de Wat Phra Si Sanphet, en Ayutthaya, destruida por los birmanos en 1767. El rey quiso refundirla, pero los monjes le advirtieron de que fundirla traería mala fortuna al reino, y optó por encerrarla.

Según se cuenta, el expolio había sido brutal: tras la toma de Ayutthaya, los birmanos habrían prendido fuego a la imagen para fundir y arrancarle su revestimiento de oro, que se cifra en cerca de dos toneladas, y lo que quedó se rompió después al hundirse el vihara que la albergaba. Esos fragmentos son los que viajaron a Bangkok. Qué significaba para la nueva capital guardarlos así es la clave que la audioguía desarrolla ante las torres.

Cuatrocientos budas iguales que no lo son

Claustro Phra Rabiang

Resumen de esta parada

El doble claustro Phra Rabiang rodea el ubosot, la sala de ordenación, con unas 400 imágenes de Buda doradas, sentadas y de pie, alineadas sobre pedestales idénticos. Parecen una serie, pero no lo son: forman parte de las cerca de 1.200 que Rama I hizo traer de templos abandonados, y proceden de épocas distintas, Chiang Saen, Sukhothai, U-Thong y Ayutthaya. El estuco y el pan de oro que las recubren las igualan a la vista.

Esa idea de igualar lo distinto recorre todo el templo. La gran renovación de Rama III, iniciada en 1832 según unas fuentes y en 1830 según los archivos epigráficos y la propia web del templo, duró dieciséis años y siete meses, amplió el recinto a 56 rai y dejó construidos o reconstruidos la mayoría de los edificios actuales. En el ubosot, bajo el pedestal del Buda dorado Phra Buddha Theva Patimakorn, Rama IV colocó cenizas de Rama I, y la balaustrada exterior conserva unos 150 relieves en piedra del Ramakien traídos de Ayutthaya.

A esa misma época pertenecen las 1.431 inscripciones en piedra repartidas por pabellones, viharas, la sala de ordenación y la del Buda reclinado. Las redactaron unas 50 personas de la corte y monjes eruditos dirigidos por el abad, el Patriarca Supremo príncipe Paramanuchitchinorot, para que el templo fuera fuente de conocimiento abierta a cualquiera. La UNESCO las inscribió en el registro Memoria del Mundo en Manchester el 27 de mayo de 2011, aunque algunas fuentes fechan el reconocimiento en 2008. Por qué un rey quiso enseñar medicina en las paredes de un templo es lo que esta parada termina de desvelar.

De los ermitaños de piedra al masaje

Pabellones de masaje

Resumen de esta parada

La última parada lleva a los pabellones del extremo este, pero el camino pasa por los montículos de roca del patio, los Khao Mor, donde figuras de ermitaños se estiran y se retuercen. En 1836 Rama III encargó 80 figuras en posturas de Ruesi Dat Ton, la gimnasia terapéutica de los ermitaños, cada una con versos inscritos que explican qué dolencia alivia. Sobreviven muchas menos, y ni siquiera eso es pacífico: una fuente las da fundidas en zinc y estaño, con 24 posturas conservadas; otra sostiene que se hicieron en estuco y cuenta 18 figuras en dos montículos.

Las grandes figuras de piedra china que custodian las puertas y adornan los montículos llegaron en parte como lastre de los juncos que comerciaban con China, y entre ellas hay cuatro parejas de gigantes con ropa europea identificados como Marco Polo. A menudo se confunden con los verdaderos Yak Wat Pho, los gigantes de cuerpo rojo y verde que guardan la biblioteca de escrituras. Cuenta una leyenda documentada que el yak de Wat Pho no devolvió un préstamo al de Wat Arun, que ambos pelearon hasta aplanar la orilla del río y que Shiva los petrificó y dejó a cada uno de guardia en su templo; de ahí vendría el nombre de Tha Tian, el muelle vecino, aunque otras explicaciones apuntan en otra dirección.

Al final, la enciclopedia de piedra se convierte en práctica. En 1955, o en 1957 según otras fuentes, se fundó en el templo una escuela de medicina y masaje tradicionales que enseña farmacia, práctica médica, partería y masaje tailandeses, y que ha formado a más de 200.000 masajistas presentes en 145 países. Sus clases y tratamientos de pago se imparten en dos pabellones del recinto, y el Nuad Thai entró en 2019 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Cómo pasó ese saber de las lápidas a las manos es el cierre del recorrido sonoro.

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